El Globo

Rosario de torpezas

AMLO equivoca el cálculo y la estrategia al caminar por el sendero de la tensión y las diferencias, en aras de enardecer el nacionalismo patriotero de un electorado radical.

No es un accidente ni resultado de una coincidencia involuntaria de sucesos. AMLO quiere causar molestia en Washington, los provoca continuamente y envía señales de disimulado desafío. Es delicado puesto que la tensa relación con la administración Biden se agrava cada semana.

Ya consignamos aquí la semana pasada la innecesaria pasarela construida para el presidente cubano Díaz-Canel, y la ciertamente vergonzosa presencia de Nicolás Maduro. Ambos vapuleados por los presidentes de Paraguay y Uruguay, respectivamente, en la cumbre de la Celac hace 10 días. No sólo se le salió de control al gobierno mexicano, sino que provocó abortar el plan para desplazar a la OEA como el auténtico mecanismo multinacional de representación americana.

Los focos rojos se han encendido ya en Washington con la convocatoria emergente, hace unos días, de una reunión de alto nivel con apenas 24 horas de anticipación. El Departamento de Estado, el de Defensa y la Oficina del Consejero de Seguridad Nacional observan, con delicada atención, la política del gobierno de López Obrador no sólo “corriéndose hacia la izquierda latinoamericana”, otorgando escaparate a los enemigos de Estados Unidos –agregue usted un video de Xi Jinping, líder chino, presentado en la Celac–, sino que además envió al canciller con mensaje expreso a la Asamblea General de la ONU.

¿Cuál podría ser el interés de AMLO, quien se considera a sí mismo un estadista de nivel superior, al provocar tensiones y diferencias con nuestro poderoso vecino y socio?

Aquí comparto algunas hipótesis.

La primera, evidentemente, sirve a sus intereses de mantener vivos, entre su base electoral, los ánimos polarizados: la revancha clasista, la guerra desatada contra las clases medias, ahora agudizada contra los intelectuales y científicos –órdenes de aprehensión y cárcel contra científicos–, y el viejo sentimiento antiyanqui tan extendido en el México popular.

Con Trump no se atrevió, porque ningún bombero traga lumbre y sabía de la inestabilidad racional del mandatario, de quien temía una furiosa reacción. No fue gratuito el besamanos en la Casa Blanca, justo en plena campaña presidencial.

Otro elemento evidente para sus electores es la nostalgia por la vieja izquierda revolucionaria latinoamericana, la ya empolvada admiración por Cuba y su mítico líder, todo ello, sin duda, leña fresca para el electorado de fervorosa militancia ideológica.

Lo cierto es que a López Obrador todo esto le importa un bledo, ejemplo de ello es el rechazo a la propuesta de Maduro para que encabezara una secretaría general permanente de la Celac. “Nosotros seguiremos apoyando –dijo AMLO– sin ningún protagonismo” (oh, humilde y generoso patriarca, desbarató en segundos los afanes de un bloque unificado en América Latina bajo su protector liderazgo).

Si a esto agregamos las tensiones crecientes por la crisis migratoria que México atiende cada vez con menor energía y prioridad, o de forma muy señalada, la desatención completa a la lucha contra el crimen organizado y los cárteles del narcotráfico, la preocupación es creciente.

La recompensa enriquecida (15 millones de dólares) anunciada en Estados Unidos contra El Mayo Zambada no hace sino arreciar la inconformidad del Departamento de Justicia y de la DEA por la política de brazos caídos del gobierno mexicano y la nada despreciable versión de que AMLO protege y favorece al Cártel de Sinaloa.

Pero, de fondo, provocar tensiones y divergencias con Washington está calculado como el instrumento que fortalece el viejo discurso de la intromisión, de la soberanía violada, de la autonomía pisoteada que tanto gusta a AMLO y a sus simpatizantes.

Todo consejero o asesor, canciller o diplomático le podría explicar en 3 x 4 los beneficios de una intensa, profunda, productiva, también respetuosa, pero sobre todo colaborativa relación con el gobierno de Estados Unidos. Ganamos mucho más en múltiples terrenos, que van desde el comercio, la inversión, la salud –ahora tan caótica–, la seguridad y la inteligencia compartida, hasta la prometida y controversial reforma migratoria de Biden.

Todo esto bajo el claro aprendizaje, no exento de dolorosos periodos, de que Estados Unidos no tiene amigos, ni aliados, sino intereses. Bueno, pues México les interesa, como socio, aliado, vecino seguro y protegido, con mejores niveles de ingreso y de vida, para que no les robe empleos ni inversiones. Es decir, vale más la sociedad compartida y el entendimiento en puntos clave, que andarle tanteando la paciencia al gigante.

Andrés Manuel equivoca el cálculo y la estrategia al caminar por el sendero de la tensión y las diferencias, en aras de enardecer el nacionalismo patriotero de un electorado radical.

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