La salida de las tropas estadounidenses –y británicas, aunque muy menores– de Afganistán pondrá fin a casi dos décadas completas de presencia y ocupación. Los talibanes, este movimiento político-religioso extremista, de interpretación radical de su fe, ha resurgido con toda la fuerza y el espíritu de venganza. Esperaron 20 años y les llegó el momento. Se van los americanos y ellos volverán al poder, al control, a la persecución y el castigo de quienes apoyaron o trabajaron para los occidentales.
El riesgo humanitario es enorme, porque todo aquel ciudadano que haya prestado servicios, vendido productos, asistido en algún sentido a las fuerzas de ocupación, tiene, desde ya, su vida en serio peligro.
El gobierno de Estados Unidos y el Departamento de Estado apresuran trámites y permisos de residencia, asilo político, para proteger a cuantos sea posible, pero mucho me temo que otros quedarán indefensos.
El riesgo mayor lo corren las mujeres, todas aquellas que, bajo la ocupación americana, pudieron –en alguna medida– estudiar, trabajar, construir la ilusión de una vida libre e independiente, pues ahora son el blanco más vulnerable. Los castigos son lapidarios (literal), crueles y sangrientos para infundir el terror de la sumisión absoluta que demandan los talibanes.
Ellas lo saben bien y están desesperadas. Las imágenes del aeropuerto de Kabul hace un par de días, después de la victoria del talibán en el control de esa muy importante ciudad afgana, exhiben el temor y la angustia de mujeres y hombres en la búsqueda desesperada de un escape.
Mucho se discutirá a nivel internacional la pertinencia y oportunidad del retiro dictado por el presidente Biden. Ya el impresentable Donald Trump salió a demandar la renuncia de Biden y a calificar su decisión como un desastre. Alardeo habitual para sus insensatos seguidores.
Vendrá el inevitable balance de los 20 años de presencia, de las batallas, de la inicial neutralización del terrorismo; esa fue, no lo olvidemos, la razón primaria de la invasión: controlar, eliminar focos, células y campos de entrenamiento terrorista, después de los ataques de las Torres Gemelas (a escasos días del vigésimo aniversario). Desde esa óptica, la ocupación fue un éxito. Se acabaron los atentados contra intereses e instalaciones estadounidenses en prácticamente todo el mundo.
El problema fue que la ocupación devino en la formación y el asentamiento de instituciones democráticas, gobiernos libres y electos, representantes, fuerzas de seguridad, etcétera. Es decir, Washington se propuso la construcción de un país con aparatos de las democracias representativas de Occidente, y ahí fracasaron estrepitosamente.
La cultura es superior a cualquier voluntad política. No hay fuerza, ni siquiera de ocupación militar, que pueda modificar hábitos, pensamiento, concepción ancestral de la vida. No en balde se dice que Afganistán nunca ha sido conquistado en la historia, a pesar de que fue ocupado desde Alejandro Magno, el Imperio persa; la Unión Soviética y Estados Unidos, en tiempos más recientes. Ellos dicen que nunca hubo conquista ni control del territorio.
La construcción de una democracia fracasó en Afganistán. Hubo gobiernos, se entrenó y capacitó a fuerzas policiacas y militares; se formaron congresos, asambleas, partidos... Todo fracasó. Por momentos aparecía la posibilidad de un gobierno sólido que impulsaría a su país. Nadie tuvo éxito en esa materia. Biden dice, y dice con razón, que EU no peleará una guerra que los afganos no quieren pelear. Es inútil, 20 años que no han fortalecido la educación, las instituciones democráticas y los miles de millones invertidos.
Al interior de Estados Unidos se convertirá en un tema de golpeteo entre republicanos y demócratas, pero la historia terminará, tal vez, otorgando la razón a Joe Biden.
Lo grave es lo que viene: un gobierno despiadado que perseguirá y asesinará a todos los independientes que rechazan al tiránico régimen talibán, un inevitable baño de sangre que tal vez nadie, ni las Naciones Unidas, pueda evitar.
Los talibanes volverán al poder con toda la furia y la sed de venganza. Y ahí, tal vez, vengan las consideraciones en contra de los campamentos y células terroristas, porque resulta casi inevitable que resurjan de forma casi automática.