El mundo periodístico lleva especulando los últimos 30 años acerca del final de los Castro en Cuba. Fidel se retiró de las funciones públicas luego de una larga enfermedad que lo mantuvo con vida, pero ciertamente disminuido, hasta su despedida final.
Su hermano Raúl se convirtió en el hombre fuerte de la isla en substitución de Fidel, aunque era ya, históricamente, el control central de las Fuerzas Armadas. Así se concretó una transición suave en el mando de la isla, enviando señales esperanzadoras de una próxima etapa de apertura. No sucedió.
La era Raúl siguió por la misma senda que la de Fidel por más de 40 años. Gobierno total, economía cerrada y centralizada en el partido y las Fuerzas Armadas, con cero posibilidad de una incipiente oposición política reconocida o legalizada. Lo demás, fue cosmético: una aparente apertura a redes sociales, que después se cerró gradualmente para no llamar la atención, con la célebre tuitera que contaba sus historias cotidianas en redes, con un claro mensaje crítico al régimen y al gobierno, fue acallada sutilmente.
Otras promesas como libertad de tránsito, apertura en los viajes internacionales, recepción de familiares en el extranjero y regularización de monedas (en Cuba circulan tres de uso cotidiano: el peso cubano, despreciado y devaluado por todos, pero la moneda oficial de salarios y operaciones; el peso dolarizado de extenso uso por la población, que difiere del anterior por su cotización frente al dólar; y finalmente el dólar americano, muy demandado y apreciado que sólo tiene entrada y acceso por turismo oficial) fueron, en los hechos, sólo parte de la retórica oficial. Nada se cumplió cabalmente.
Ayer lunes, Miguel Díaz-Canel, a quien ya Raúl Castro había ungido como sucesor y jefe del gobierno, fue decretado presidente del Consejo de Ministros y del Buró Político del Partido Comunista Cubano. En los hechos, el gran sucesor de los hermanos Castro.
Por décadas, quienes dimos cobertura a la compleja política cubana, a los méritos y reflectores que rodearon a los consentidos de Fidel y se apuntaron como potenciales sucesores, todos hoy ya desaparecidos de la escena política. Unos por el retiro, otros por la deshonrosa puerta trasera del castigo y el destierro a su casita y a la ignominia. Vimos el ascenso de personajes como Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional a principios de la década pasada, o de Felipe Pérez Roque, Canciller por los mismos tiempos, caer en desgracia y pasar a retiro.
Tantos y tantos que empeñaron la vida en complacer a los Castro, en demostrar lealtad infinita, devoción total, espíritu revolucionario de acero, y no llegaron a la meta.
Aquí aparece el nuevo líder Díaz-Canel, heredero de los Castro, hombre de confianza en la etapa final, de quien por cierto, no se esperan grandes transformaciones.
La economía está en ruinas, el reforzamiento del embargo estadounidense contra la isla en tiempos de Trump vino a destruir la esperanza y los planes para una recuperación lenta de una economía cubana muy rudimentaria. Barack Obama había iniciado un proceso gradual de apertura hacia la isla, con viajes, envíos de dinero desde los familiares en Miami, recepción de visitas y un gradual desmantelamiento del embargo. Trump, como tantas cosas, tiró a la basura esos avances históricos y regresamos a los peores tiempos del embargo.
El octavo Congreso del Partido Comunista de Cuba que concluyó ayer con la designación de Díaz-Canel, hizo otro anuncio importante: el retiro de los últimos revolucionarios –por generación– con asiento de derecho en el Comité Central. Al propio Raúl Castro, de 89 años; José Ramón Machado, de 90, y el comandante Ramiro Valdés, de 89.
El nuevo Buró Político se renovará con cinco nuevos integrantes en lo que parece un obligado relevo generacional.
¿Se va la gerontocracia? No del todo, porque se van los del Buró Político, pero quedan aún muchos líderes de regiones, secciones del partido y unidades militares de avanzada edad.
Díaz-Canel tendrá la obligación de ir designando nuevos perfiles para cada posición.
No se espera de fondo el inicio de una auténtica transformación, tal y como los Castro deseaban. Será tan sólo la continuación de un régimen decadente, caduco, incapaz de renovarse, de abrir a nuevas corrientes de pensamiento político, social, económico y cultural. Es la misma Cuba de siempre, con el desgaste ancestral de seis décadas de revolución y embargo, y la obsesión por hacer funcionar a una burocracia híperideologizada que mantiene a un país potente y vibrante en la parálisis.
Llegó el momento del cambio de estafeta, pero no de sistema, de estructura ni de pensamiento.