Finanzas e Inteligencia Artificial

El ouroboros de OpenAI

OpenAI encarna una paradoja: para sostener su valor necesita que todos adopten la IA, pero cuanto más común se vuelve, menos especial resulta.

OpenAI se ha convertido en el ouroboros financiero de nuestra era: una empresa que se alimenta de su propia promesa. Lo que empezó como un sueño de democratizar la inteligencia terminó convertido en un sistema que necesita consumir cada vez más capital, energía y atención para seguir creciendo.

El ciclo comienza con fe. Microsoft, Nvidia, Oracle, Amazon y SoftBank invierten miles de millones convencidos de que la inteligencia artificial transformará todo. Pero esas mismas compañías son también las que le venden a OpenAI el poder para existir. Microsoft le alquila la nube, Nvidia fabrica los chips, Oracle y Amazon ofrecen cómputo sin fin. Es un ecosistema cerrado: el inversionista es proveedor, el proveedor es cliente. Todos dependen de que la rueda no deje de girar.

Para justificar ese gasto, OpenAI necesita estar en todas partes: en Office, en buscadores, en correos, en apps. Cada nuevo uso exige más servidores, más GPUs, más energía, más dinero. Y cada ronda de inversión necesita una nueva historia de revolución inminente. Si el ritmo se detuviera, se vería lo que pocos quieren admitir: que buena parte del valor depende más de la expectativa que de la adopción real.

Mientras tanto, en China ocurre lo contrario. Empresas como Alibaba y Baidu están liberando modelos abiertos —como Qwen o Yi— gratuitos o con licencias flexibles. Es una apuesta radicalmente distinta: en lugar de cobrar por acceso, distribuyen la tecnología como un bien común. Si cualquiera puede tener una IA poderosa en su laptop, ¿qué sentido tiene pagar por una versión “premium”?

El riesgo para OpenAI y sus aliados es claro: si la IA se convierte en una commodity, el ouroboros se queda sin alimento. El modelo basado en la escasez y la promesa infinita se enfrenta al exceso y la accesibilidad. Pero mientras tanto, la criatura sigue viva, alimentándose de capital, datos y fe.

OpenAI encarna una paradoja: para sostener su valor necesita que todos adopten la IA, pero cuanto más común se vuelve, menos especial resulta. Es una serpiente que no puede dejar de morderse la cola, girando sobre sí misma, buscando en su propio reflejo una razón para seguir existiendo.

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