La fascistización de la derecha del Likud y las esperanzas de la gigante protesta democrática
A diferencia de su última coalición, en el pasado Bibi consiguió formar cinco coaliciones de centroderecha. Lo hizo en 2009, cuando pudo haber gobernado con holgura de la mano de las formaciones ultraortodoxas pero decidió acoger al laborista Barak en su segundo gabinete. También lo hizo en el tercero, dando cabida al centrista Lapid, de Yesh Atid y a la liberal Tzipi Livni, de Hatnuá, a quienes entregó las carteras de Finanzas y Exteriores, respectivamente. En el cuarto gabinete recurrió a los socios liberales de Kulanu. Y en el quinto y último, firmó un acuerdo de rotación en el cargo de primer ministro con el también centrista Benny Gantz. ¿Por qué Netanyahu se alejó completamente del anterior patrón coalicionario de centro derecha?
Después de una prolongada crisis política que exigió cinco elecciones legislativas en dos años y medio por incapacidad de los partidos para formar o mantener coaliciones de gobierno, Netanyahu decidió presentar una coalición de extrema derecha: eligió socios de partidos de la ultra ortodoxia y, lo más peligroso, sionistas religiosos neofascistas; la pregunta es si lo hizo para culminar su proyecto de populismo autoritario al precio de fascistizar el Likud histórico; o, en cambio, confió en su capacidad de líder populista de volver a lograr ser la voz más moderada, esta vez de una coalición de ultraderecha, que supone respetará la imagen de padre de la nación israelí que él mismo se ha creado.
La respuesta autoritaria de los últimos días, su decisión de destituir al Ministro de Defensa Gallant, y la decisión apenas de suspender y no anular la reforma judicial, pese a la protesta de 600,000 manifestantes y la impensable huelga general conjunta de la Histadrut y los empresarios, me confirma que Netanyahu apuesta a ser un líder populista fascista. Pero a diferencia de gobiernos de extrema derecha, como en la Italia de Giorgia Meloni, aliada con la Liga ultraderechista de Matteo Salvini y el derechista Forza Italia del magnate Silvio Berlusconi, el Likud de Netanyahu no proviene de un pasado neofascista. Eso no impide comprobar que el populismo histórico de centro derecha del Likud aceptó fascistizarse con Netanyahu y sus asociados mesiánicos de extrema derecha nacionalista y partidos ultra ortodoxos, una alianza derecha-derecha no imaginada antes, luego de que su líder, acusado por juicios de corrupción, necesitara sobrevivir políticamente la prolongada crisis electoral en la que no logró formar gobierno.
Tal fascistización del populismo del Likud se convirtió en el punto culminante de la degradación de la cultura política democrática de Israel, cuyo punto de inflexión parlamentario tuvo lugar en julio 2018. En efecto, la cuarta coalición de Netanyahu aprobó, con 62 diputados a favor de 55 en contra, la Ley del Estado Nación que define oficialmente a Israel como el “Estado Nación del pueblo judío” y reconoce “el derecho a ejercer la autodeterminación nacional en el Estado de Israel de modo exclusivo al pueblo judío”. Su sanción en la Knesset conformó la doceava ley básica del Estado hebreo, que para varios diputados marcó el fin de la cultura democrática israelí. El árabe israelí, Ayman Odeh, enarboló una bandera negra para simbolizar “la muerte” de la democracia israelí. El diputado del Likud Benny Beguin, hijo del ex primer ministro, la condenó por discriminatoria. Y la líder del partido laborista, Shelly Yarcimovich, la acusó de ser “una ley racista que fomenta el nacionalismo evilecido”.
Esta legislación etnocéntrica y racista, además fue acompañada por otra destinada a cercenar competencias de la Suprema Corte en los procedimientos legales de los palestinos que litigan generalmente contra los colonos judíos por la posesión de la tierra en Cisjordania.
A tres meses de la asunción de su 6ª. coalición, pareciera que la expectativa de Netanyahu de fungir de “arbitro moderado” no se cumplió, porque sigue siendo rehén político de prácticas mafiosas de los ministros ultranacionalistas, tanto del Likud como de sus asociados de extrema derecha que él mismo eligió. Ben Gvir chantajeó a Netanyahu a cambio de no hacer caer el gobierno después de que anunció la suspensión temporaria de la reforma judicial: consiguió arrancarle un presupuesto billonario para crear la Guardia Nacional, verdaderas milicias para policiales bajo el mando del ministro de Seguridad Nacional.
Bibi no logra ser ni árbitro moderado ni fungir de líder de la extrema derecha semejante a Orban, porque el jefe del Likudno controla a sus apoyos fascistas, como si los controla su amigo, el primer ministro de Hungría. Porque pese a que la mecha del incendio fue prendida por la reforma judicial con pirómanos de su propio partido, el ministro de justicia Levin y su partenaire, el diputado Rotman, la figura clave de la 6ª. coalición ultranacionalista de Netanyahu es el poderoso super ministro Smotrich.
El racista y mesiánico nihilista ultra ortodoxo, discípulo del rabino Itzjak Guinzburg, ya había ocupado por unos meses la cartera de transportes durante la cuarta coalición de Netanyahu, a quien atacó con dureza y llegó a calificarlo de “líder débil” en el lanzamiento de la coalición derechista Yamina. Mucho más ideólogo que Ben Gvir, Smotrich es el mentor de Netanyahu para el peligroso designio fascista de imponer un nuevo orden apartheid en los territorios palestinos y reformar el Poder Judicial, al que acusa de interferir en las decisiones de la knesset “en favor de la izquierda y las minorías árabes”.
Pero no perdamos la esperanza de resistir con éxito a la ofensiva contra la cultura política democrática israelí: una nueva fuerza civil ha surgido entre la multitudinaria protesta social con apoyo también de reservistas de Tzahal y sindicatos de la Histadrut. Una nueva fuerza, aún sin liderazgo, pero que, a diferencia de los líderes de los partidos de la oposición, exige una Constitución para defender la democracia para todos los ciudadanos de Israel y que sea capaz de poner fin a la ocupación en los territorios palestinos. Orly Noy, secretaria de B´Tselem, acaba de advertirlo claramente: no es suficiente exigir una Constitución, “mientras ignoramos el contenido de dicho documento, como la verdadera igualdad, libertad y justicia”.
Con material de Nueva Sion 2ª. parte.