Leon Opalin

El Antisemitismo de Stalin

No se puede olvidar a otro siniestro personaje de los mayores genocidios de la historia contemporánea; Iósif Stalin.

Es común señalar como el mayor antisemita del siglo XX a Adolf Hitler, pero, siendo esta una verdad absoluta, no se puede olvidar a otro siniestro personaje de los mayores genocidios de la historia contemporánea; Iósif Stalin, quien estuvo al frente de la Unión Soviética a lo largo de tres décadas, dejando tras de sí un reguero de asesinatos de Estado ordenados por él mismo.

A pesar de que Hitler y Stalin tenían ideologías muy distintas y totalmente opuestas la una con la otra, coincidieron en varias cosas, entre ellas el profundo antisemitismo que sentían ambos dictadores.

Mientras el Tercer Reich inició las diferentes invasiones (empezando por Polonia, país que también invadieron los soviéticos) y dió lugar a la Segunda Guerra Mundial, al mismo tiempo que llevaba a cabo el genocidio con el que se eliminaría a judíos, homosexuales, gitanos o comunistas, entre otros, la Unión Soviética de Stalin miraba hacia otro lado, importándole bien poco qué era lo que estaba ocurriendo a millones de seres humanos.

Aunque era sobradamente conocida la animadversión que Stalin sentía hacia el pueblo judío, durante un tiempo trató de no hacerlo demasiado evidente ni público, debido a que hubo un periodo en el que las comunidades judías de la Unión Soviética se posicionaron y dieron el apoyo al régimen comunista con el fin de fortalecer la lucha contra los nazis (una vez que Hitler decidió la invasión alemana a la URSS).

El “Comité Judío Antifascista” se creó en abril de 1942 cuatro meses después de finalizar la “Operación Barbaroja” y haber expulsado a las fuerzas fascistas de suelo soviético compuestas por soldados alemanes, italianos, rumanos, croatas e incluso españoles de la “División Azul”.

Durante los tres siguientes años los miembros de este Comité fueron bien vistos y admitidos dentro de la cúpula soviética, debido al enorme apoyo dado por la comunidad judía, pero una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial las cosas cambiaron y algunos de sus miembros empezaron a sufrir persecuciones, siendo acusados de conspirar contra el régimen estalinista e incluso hubo algún que otro extraño accidente que se saldó con el fallecimiento de individuos claves dentro del judaísmo soviético, entre ellos Salomón Mijoels (máximo dirigente del Comité Judío Antifascista) quien fue asesinado por orden de Stalin a través de funcionarios del Ministerio Soviético de Asuntos Exteriores, encubriendo el crimen como si de un accidente de carretera se hubiera tratado.

A partir de 1948 el término “Cosmopolitan sin raíces” fue acuñado para denominar de ese modo a los ciudadanos judíos y con él se quería dejar constancia del poco arraigo por parte de esta comunidad dentro de la sociedad soviética. Ese mismo año el Comité Judío Antifascista fue obligado a disolverse y se inició una continua persecución antisemita. Stalin y sus allegados empezaron a poner en circulación todo tipo de teorías conspirativas en las que señalaban a los judíos como traidores, acusándoles de crear un Estado propio en Crimea con la ayuda de EUA (en los inicios de la Guerra Fría) y ayudar a estos invadir la URSS.

Uno de los planes de Stalin fue el de apoyar la creación del Estado de Israel “en territorio palestino”, con el fin de reforzar la marcha hacia allí de cientos de miles de judíos que residían en la Unión Soviética. Pero la migración judía hacia Israel no fue total, quedando un gran número residiendo en la URSS, Israel no tenía entonces capacidad para absorber a millones de judíos rusos por lo que se les persiguió bajo la acusación de “antipatriotas”. Muchos fueron los crímenes indiscriminados siendo uno de los más famosos el conocido como “La noche de los poetas asesinados” que tuvo lugar el 12 de agosto de 1952.

El 1 de diciembre de aquél mismo año, en su discurso frente al aparato del Partido Comunista que controlaba Stalin, realizó una de las declaraciones más aberrantes en las que públicamente dejaba de ocultar su antisemitismo: “Todos y cada uno de los nacionalistas judíos son agentes de los servicios de inteligencia americanos. Los nacionalistas judíos creen que la nación fue salvada por EUA (donde uno se puede hacer rico, burgués, etc). Creen que tienen una deuda con los americanos. Entre los médicos hay muchos nacionalistas judíos”.

Cabe destacar que en realidad “Stalin” no era su apellido ni parte de su nombre (se llamaba Iósif Vissariónovich Dzhugashvili), sino un seudónimo que él mismo se adjudicó durante sus años de juventud y cuyo significado era “Hecho de Acero”. Este hombre que se creía de acero, y se comportaba con la misma frialdad y dureza que el mencionado metal, llegó a alcanzar la posición jerárquica más importante de la URSS siendo uno de los protagonistas indiscutibles de toda la transformación que vivió Rusia desde los movimientos subversivos que hicieron caer el régimen zarista y dieron lugar a la posterior Revolución Rusa de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Las biografías alrededor de la vida de Stalin suelen apuntar la atormentada niñez que le tocó vivir dentro de una familia destructurada, debido al alcoholismo de su padre y las brutales palizas que este le pegaba a su esposa; ello explica en buena medida su carácter cruel y destructivo en su vida de adulto. Stalin siempre destacó en los estudios e incluso tenía una sensibilidad especial para la poesía. Esa buena predisposición para el aprendizaje es lo que le hizo que le concedieran una beca para estudiar en el seminario de Tiflis (capital de Georgia, por aquel entonces un protectorado anexionado al Imperio Ruso).

Ingresó en 1894, siendo todavía adolescente, y aunque no tenía vocación religiosa alguna, decidió aprovechar la oportunidad que le brindaba la Iglesia Ortodoxa para formarse. Allí fue donde tuvo sus primeros contactos con la política y los movimientos marxistas que lo llevaron a involucrarse en la organización clandestina revolucionaria que le ocasionó más de una detención policial, y fue precisamente para poder subvencionar todas las acciones que se realizaban desde el movimiento político al que se incorporó y conoció a Lenin, cuando iniciaba un periodo en el que comenzó a participar en atracos a entidades bancarias. Curiosamente ellos no decían que dichos robos fueron atracos sino que defendían la teoría de que se trataba de “expropiaciones” que hacía a los capitalistas. Hay numerosas evidencias que señalan a Stalin como uno de los organizadores de los robos.

Años después, el régimen comunista, tras la revolución de 1917 gobernó el país durante ocho décadas, se encargó de borrar gran parte de la información que involucraba a sus dirigentes en muchas de esas acciones delictivas, transformándolas en heroicos actos.

Stalin fue un delincuente nato que reaccionó en forma infantil, sin control adecuado sobre sus emociones, con una conducta notablemente cruel. El criminal nato y el niño coinciden principalmente en: cólera (furia); venganza; celos; mentiras; falta de sentido moral; escasa afectividad y crueldad. Al parecer Stalin era una persona propensa a cometer delitos por causas hereditarias.

Alexander SolzHenitsyn que se hizo muy popular con su libro Archipiélago, Gulag, donde estimó en 66.7 millones de víctimas del régimen soviético entre 1917 y 1959, sin embargo esta cifra presenta la dificultad de separar hambrunas, desplazados, bajas militares, represaliados y exiliados; a partir de 1991, se pudo acceder a los archivos oficiales y proponer datos basados en documentación soviética que estiman que solo en la Gran Purga se vieron afectadas alrededor de 4 millones de personas, pero incluso aquí es complicado separar a los fusilados y asesinados en los interrogatorios de los que huyeron al extranjero.

A todas las muertes provocadas directamente por órdenes de Stalin se podrían sumar las bajas derivadas de la Segunda Guerra Mundial. En este conflicto Stalin viró de una alianza con la Alemania Nazi al principio de la guerra hasta una lucha sangrienta contra las tropas alemanas, que hasta la toma soviética de Berlín, causó la muerte de 8.5 millones de soldados y 17 millones de civiles, así como la pérdida de 30.0% de la riqueza natural de toda la URSS.

Pero no solo de matar rusos vivía el estalinismo. Entre 1940 y 1941, unos 170,000 habitantes de países bálticos fueron enviados a campos soviéticos y en años posteriores se repitió la deportación hasta alcanzar el 10.0% de las antiguas repúblicas bálticas, unas 250,000 personas, incluidos funcionarios e intelectuales.

Asimismo, la masacre de Katyn inauguró en 1940 el desmantelamiento de toda la estructura nacional polaca; cuatro millones de polacos de la parte que se anexionó Stalin fueron consignados a Gulag, de los cuales uno de cada tres sobrevivió para ser repatriado a partir de 1956.

Haciendo un desglose total de víctimas, el escritor ruso Vadim Erlikman afirma que hubo 1.5 millones de ejecuciones, cinco millones de víctimas de los gulags, entre 1.7 y 7.5 millones de deportados y un millón de prisioneros de guerra es decir, alrededor de 9 millones de víctimas. A esta cifra habría que sumar los seis millones de muertos por el hambre y las malas condiciones que padecieron sobretodo, los ucranianos y los alemanes del Volga.

Ante estos apabullantes hechos y cifras el antisemitismo de Stalin podría evaluarse de Pecata Minuta.

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