Angel Contreras Cruz tiene 44 años y una fecha clavada en el calendario migratorio de los Estados Unidos: 30 de junio de 2027. Ese día vence su visa de estudiante de doctorado. Después, el limbo o el regreso. “En un año estoy preparado. No me da miedo volver a México”, asegura.
Llegó con una maleta en donde, si hoy se metiera la mano, no habría ropa ni nostalgia: habría 11 años de un país encajado a presión en el cuerpo.
Todo empezó en 2011 con un despido. Grupo Modelo prescindió de sus servicios de ingeniero industrial y le entregó 120 mil pesos de liquidación, dinero que gastó en intentos fallidos de emprender, en camiones para ir a entrevistas de trabajo en otras ciudades, en ropa comprada para impresionar a reclutadores que nunca llamaron. Después cayeron la casa, el auto, los ahorros. En bancarrota, con un divorcio a cuestas y un inglés limitado, Angel vio una rendija: una admisión para una maestría en desarrollo regional en Oaxaca, que a la postre le abrió la posibilidad de obtener una estancia en Estados Unidos.
Angel aterrizó en Portland, Oregon, en avión, en enero de 2015 con una visa para estudiar inglés por cinco meses, que después, se convirtió en una segunda visa para estudiar un doctorado por cinco años. En abril de ese mismo año, cuando le quedaban 45 días de vigencia a su visa, conoció a Karen. Ella tenía dos hijas: Vania y Genesis y una protección llamada DACA: un permiso condicional que el Estado concede a quienes llegaron siendo niños, pero que nunca termina de asegurar nada. Angel vendió lo poco que le quedaba en Oaxaca para tramitar una segunda visa para el doctorado. La intención: quedarse con ellas en Portland.

Durante nueve años, la rutina de este investigador consistió en un engranaje implacable: tres o cuatro horas en el transporte público, seis días a la semana repartidos en dos o tres empleos simultáneos, las clases a tiempo completo. Fue ayudante de pintura, peón de construcción, lavaplatos, mesero, cocinero de línea, cajero, llantero. “Llegaba a clase oliendo a comida antes de sentarme a redactar artículos académicos con compañeros que trabajaban en empresas tecnológicas”, recuerda.
Hoy en la casa de Gresham en Oregón se habla español. El padre de Angel, se negó a enseñarle el mixe, la lengua de “los jamás conquistados”, a fin de evitar que sufriera discriminación. Él no repite el error. Sus hijas binacionales hablan español e inglés.
En 2025 concluyó su doctorado sin ninguna deuda, una proeza que muchos estudiantes estadounidenses no logran, sin embargo, él sabe que en su historia hay un costo oculto que no se liquidó en dólares. El 31 de diciembre de 2016, mientras el mundo celebraba el Año Nuevo, el padre de Angel murió en México. Él no pudo viajar por su condición económica. A la mañana siguiente de recibir la noticia, se puso el uniforme y fue a trabajar. “Los migrantes vivimos como un perro con correa”, dice. Aunque tengas ganas de salir corriendo o saltar, hay un tirón que nos frena. Esa correa es el estatus migratorio”, suelta.
A Angel le tomó nueve años caminar por el escenario de la Portland State University para recibir el título en Ingeniería en Gestión de la Tecnología. Karen, su esposa, no vio la toga ni el diploma. Vio las negativas de las becas, las caminatas de su marido bajo la nieve, el presupuesto calculado al detalle, el susurro repetido: “un poco más, ya falta menos”.

Angel Contreras acaba de publicar: “Lecciones que nadie te cuenta al migrar: Memorias de un inmigrante en Estados Unidos”. En un país donde la consigna exige que el inmigrante sea invisible o deportable, él eligió firmar con su nombre. Sabe que la maleta del migrante nunca se cierra del todo. Está ahí, al lado de la puerta, armada con lo justo, lista para el próximo viaje. No tiene miedo de regresar a México, y si lo tiene no importa, él sabe que aún con miedo encontrará la forma de volver a construir los sueños con las estrategias ganadas en Estados Unidos, pero esta vez sin permisos temporales para vivir.
Nota de la autora: Esta columna forma parte de una serie quincenal sobre la vida de los migrantes. Si tienes una historia que contar escribe krodriguezv@elfinanciero.com.mx
