El espectáculo
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El espectáculo

15/04/2019

La política siempre ha tenido una buena dosis de espectáculo. Políticos reconocidos, líderes indiscutibles, en su momento, supieron manejar su papel a la perfección con la dosis de histrionismo necesaria para impactar a sus gobernados. Todos, con el manejo adecuado de las emociones, la retórica necesaria y con la empatía necesaria para convencer. Durante muchos años los grandes líderes políticos fueron grandes oradores. Con la llegada de los medios, los discursos se fueron transformando en frases; el manejo de algunas frases efectistas es lo que domina. Pero sigue teniendo una buena dosis de espectáculo. El control de la escena es fundamental, la palabra correcta puesta de manera enfática en los enunciados, como un guion del que no hay que salirse es también parte del éxito. Para quienes no son muy duchos en este arte, 'salirse del guion' puede tener consecuencias fatídicas.

Es un hecho que Andrés Manuel López Obrador es una estrella del espectáculo político. Lo mismo dice que se desdice; su manejo personal es impecable y sabe que puede jugar, por el momento, como hombre orquesta; después de él nada, y antes de él puro desastre. A esto hay que sumarle cierta vocación en trabajadores de los medios de comunicación a simplemente repetir lo que diga el mandatario y, claro, el miedo, porque AMLO sabe sembrar miedo, a ser señalado de conservador, fifí, traidor o hipócrita en plena transmisión del principal acto de gobierno de la 4T que son las famosas conferencias mañaneras.

López Obrador hace de su manera personal todo un estilo de comunicación. Lo que se ve es lo que es, con sus limitaciones, que le terminan siendo aplaudidas y con su dedo flamígero y su lengua viperina. El presidente de la República la trae contra un periódico en particular. Él piensa en periódicos, ahí ubica a sus adversarios, ahí agrupa los intereses mezquinos contra la patria. Porque tener enemigos ubicables es parte del espectáculo, de la puesta en escena. Pero a todas las estrellas del espectáculo les llega su descenso del firmamento; todo espectáculo diario sufre de problemas y uno de ellos termina por ser el aburrimiento.

El triunfo en el escenario dura hasta que alguien con dominio de las tablas llega también a aparecerse en la obra y decide participar. Es lo que le pasó al presidente con Jorge Ramos, que es un periodista que se mueve con toda naturalidad en el escenario. El estilo del periodista Ramos no me gusta, en términos taurinos se llama tremendista. Es casi una norma en la televisión estadounidense ese estilo porque es muy efectista, tanto así que se metió a la representación del presidente mexicano, le robó las luces y terminó con él –literalmente– compartiendo el escenario. La escena llamó mucho la atención, es claro que el presidente no domina cifras –no es lo suyo– y que Ramos no se deja arredrar con una descalificación presidencial. El presidente no la pasó bien, sufrió ante los embates del periodista que logró su propósito: ser parte de la noticia. Los aplausos a Ramos no se hicieron esperar por parte de la galería anti-Peje, que vio en el arrojo del periodista lo que no ha visto en los políticos de oposición aquí o en los periodistas prestigiados de aquí, que no se paran ni por asomo a una mañanera por pereza, por miedo o porque saben que no les va a contestar lo que quieren y entonces para qué van.

Las mañaneras no tardarán en ser un dolor de cabeza para el gobierno y para el propio AMLO. Para estar en el escenario no hace falta compartirlo sino simplemente alguien que se aviente a estar adelante. Y cada vez habrá más gente dispuesta a pelearle el escenario por gusto, ego, vanidad, por escalar en su carrera o simplemente porque las mañaneras no son eventos de preguntas y respuestas a periodistas en los que se rindan informes de las acciones de gobierno sino que son un performance, una puesta en escena. Y siempre ha existido en el ámbito de la fama alguien dispuesto a pelear el escenario.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.