Autonomía Relativa

Ser opositor

Para ser opositor, no es necesario mostrar capacidad de odiar, sino algo de inteligencia, así como el defender la libertad de expresión pasa por reprobar las bajezas de Pagés contra Sheinbaum.

Criticar, cuestionar, señalar los errores, contradicciones, excesos, limitaciones y los propios programas y proyectos de una candidata es algo no solamente normal en una democracia, sino necesario. Conocer lo mejor que se pueda a quien aspira, por ejemplo, a dirigir los destinos del país es una obligación de quien va a votar. Por supuesto, mucha de la crítica vendrá del lado opositor, en este caso a Claudia Sheinbaum o a Xóchilt Gálvez.

Las campañas son un gran pleito, una temporada en la que se permite casi de todo. Son los días en que se permite insultar al adversario, enfrentarlo y confrontarlo. Las mentiras aparecen de uno u otro lado, tanto sobre las personas como en las promesas que hacen los que buscan el voto. Bien decía Otto von Bismarck: “Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería”. Las candidatas a la Presidencia deben de tener cuidado con sus palabras y también de las de sus colaboradores, e incluso de quienes las apoyan, ya que, en ocasiones, es necesario distanciarse de quien cree que le hace el favor a una de ellas diciendo barbaridades y tonterías. El caso de Fox con Xóchitl hace unas semanas es un ejemplo concreto.

En temporadas de polarización –las elecciones lo son– es normal que el rechazo a una persona, sus planteamientos o ideología tomen la forma del odio y del insulto. El desfogue de sentimientos primarios se convierte en una actividad cotidiana. Es aquí cuando quienes ostentan una candidatura tienen que tener cuidado de no enarbolar representaciones que no les corresponden. El rechazo a determinada candidatura no significa el apoyo a los excesos del otro lado.

Todo esto viene al caso por la portada de la revista Siempre!, en la que se pretende vincular a Claudia Sheinbaum con el nazismo. Es un ataque asqueroso, de una bajeza inmunda –muy propio de la señora Beatriz Pagés, que dirige esa revista– y que muestra la frívola concepción que tiene de un genocidio que nos avergüenza como especie. La señora Pagés es una expriista que se ha hecho pasar por periodista –en el gremio tiene muy mala fama– y que ahora es una feroz opositora de López Obrador y Claudia Sheinbaum. Es una persona muy limitada, de escasas luces, pero que se ha colado en las filas de la amorfa sociedad civil vinculada a Claudio X., a tal grado de que ha figurado en los templetes de eventos de esas organizaciones y ser oradora, junto con José Ramón Cossío, en una de las marchas a favor del INE. Que la señora Pagés en su cretinismo y su miseria moral pretenda mostrarse como constructora de la oposición no significa que forme parte, por ejemplo, del equipo opositor de Xóchitl –que en absoluto puede responsabilizarse de las estupideces que haga esa señora o cualquier otra persona anti-AMLO–.

Sheinbaum tiene muchas cosas criticables como candidata y como funcionaria pública. Tan sólo hace unos días apareció el escándalo que destapó el periodista Mario Maldonado (‘El recaudador externo de Sheinbaum’, El Universal 07/12/23), que liga a esa campaña a favores de dinero llevados a cabo por un miembro de la farándula que ha protagonizado escándalos vergonzosos. También están las evasivas de su responsabilidad por la muertes en el colegio Rébsamen, la desgracia de la Línea 12 del Metro y sus vínculos con la corrupción lopezobradorista. Hay mucho. Pero, para ser opositor, no es necesario mostrar capacidad de odiar, sino algo de inteligencia, así como el defender la libertad de expresión pasa por reprobar las bajezas de Pagés contra Sheinbaum. Seamos opositores, feroces, si se quiere, pero evitemos la ruindad como forma de hacer oposición.

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