Autonomía Relativa

El fracaso de las fiscalías autónomas

El caso de Gertz Manero es ilustrativo: obedece lo que manda el Presidente, emite boletines, encarcela o libera acorde a lo que diga el hombre de Palacio.

Las fiscalías autónomas resultaron un desastre. Como todo lo que está diseñado desde el coraje y las ganas del joder al prójimo, el tema de hacer fiscalías autónomas resultó un contrasentido. Al querer hacer dichos nombramientos transexenales, no se encontró una autonomía, sino, con el uso de mayorías, una manera de tener un certificado para hacer tropelías que quedaran justificadas y protegidas más allá del periodo de ejercicio gubernamental en que fue nombrado el fiscal. Esto aplica en la FGR y en las estatales.

Parece que fue hace siglos que se dio el cambio, pero no fue hace tanto. Era la época en que las ONG eran todopoderosas, en que los columnistas golpeaban al gobierno inmisericordemente y los tomaban en cuenta y con preocupación en el gobierno; la época en que todo se tenía que negociar porque no había mayorías, en que la academia incidía en políticas públicas; la época del PRIAN, a quienes se acabó odiando con tal esmero que, al final –como sucede con quienes son objeto del odio–, se les terminó por extrañar.

“No al fiscal carnal”, vociferaban los progres –hoy silentes y culposos– en las columnas y espacios de opinión. Echaron para abajo al fiscal que tenía Peña –cuyo gobierno ya había entrado en franca decadencia– y todos estaban felices: la autonomía de la fiscalía se acercaba. Era una manera más de ir acorralando a los gobiernos que traían el pecado original de ser de algún partido o, peor aún, de dos. Porque, en ese entonces, en ese pasado lejano, los gobiernos y sus funcionarios pensaban que hacerles caso a los críticos tenía sentido práctico; no sólo era un alarde hipócrita. Pero, a cada golpe que se daba, más feliz, aunque menos satisfecha, la turba que asediaba al poder. A fuerza de querer tumbar más y más, llegó alguien que terminó por acabar con el asedio, los minimizó, los insultó, les quitó cualquier tipo de apoyo y simplemente hace lo que se le pega la gana para, entonces sí, tumbar todo.

Porque López Obrador estrenó fiscal autónomo en la persona de Alejandro Gertz. No dependería del Ejecutivo, ya nadie mandaba sobre la fiscalía, ni en la de la República ni en las estatales. El Presidente y los gobernadores tendrían las manos atadas con la superidea de la fiscalía autónoma. Pero bueno, sabemos que es una autonomía a la mexicana: sí es fiscal, pero no es autónomo. El caso de Gertz es ilustrativo. Obedece lo que manda el Presidente. Emite boletines, encarcela o libera acorde a lo que diga el hombre de Palacio y, claro, sus caprichos y revanchas personales de toda índole. Pocos lo ven en el gobierno entrante, sea quien sea la ganadora. La docilidad que ha mostrado el fiscal general ha sido verdaderamente lacayuna. Por lo menos en tiempos de las procuradurías había un poco de respeto a la figura de quien era responsable de la procuración de justicia. No es el caso. La muerte de quien fuera mano derecha de Gertz hace unos días complica la situación del fiscal, que encontraba en él un trampolín para sus abusos.

También está el caso del fiscal de Morelos, que ha sido perseguido con saña por las autoridades federales para arreglarle los asuntos a Cuauhtémoc Blanco. Esto es: cuando un fiscal está peleado con el gobernante y ejerce su autonomía, los amigos del gobernador en la Federación se encargan de perseguirlo. En este gobierno la cosa terminó al revés: quieren carnales, pero no fiscales. Es el fracaso de las fiscalías autónomas.

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