En reciente conferencia mañanera, de uno de los primeros días de febrero, la titular del Ejecutivo, Claudia Sheinbaum, como para no perder la costumbre, volvió a referirse al expresidente Felipe Calderón. Ya no sorprende que lo haga, porque se le ha vuelto algo obsesivo.
Comentó que en la visita que hizo a una escuela secundaria, cayó en la cuenta de que los alumnos de ésta aún no habían nacido cuando Calderón terminó su gobierno. Razón por la que se vio en la necesidad de explicarles que “fue un periodo donde de manera muy irresponsable declararon la supuesta guerra contra el narco”, la cual provocó muchas víctimas. Entonces los jóvenes, dijo Sheinbaum, “increparon a Calderón, porque él llegó con un fraude electoral”.
Qué curiosa manera de razonar. Los estudiantes, según dijo, no estaban enterados de la existencia de Calderón ni de “la supuesta declaración de guerra” que hizo al narco. Ah, pero sí sabían que “llegó (a la Presidencia) con un fraude electoral”.
En realidad, de lo que se trata, venga o no al caso, es de repetir miles y miles de veces esa mentira —según la táctica de Goebbels— hasta convertirla en “verdad”. Es lo que ha venido haciendo durante veinte años el ahora grupo en el poder. Frente a esta patraña, lo que procede es proclamar la verdad aún más veces. Las que sean necesarias.
Es falso que en las elecciones de 2006 haya habido fraude. Son los comicios más investigados, analizados y documentados de la historia y nadie jamás ha probado tal fraude. Son varios, no menos de una decena, los estudios académicos, rigurosos, serios, objetivos, que sobre el tema fueron en su oportunidad publicados. Uno de estos está contenido en el libro 2006: hablan las actas (Ed. Debate, 2008, 232 págs.), escrito por el respetado académico José Antonio Crespo.
El autor explica a los lectores que no existe una organización electoral tan perfecta que esté exenta de errores. Siempre se presentan —afirma— inconsistencias, irregularidades y anomalías no dolosas. Señala que en las democracias más desarrolladas los expertos las reportan entre “uno o dos por ciento en promedio” (págs. 25 y 30).
Para ilustrar el punto, da cuenta de que en las elecciones del año 2000, “consideradas como las más democráticas de la historia de México”, el nivel de anomalías fue de 1.26 por ciento y en las de 2006 fue de 1.35 por ciento (pág. 29).
Apunta asimismo que en la elección presidencial de 2006 la diferencia entre el candidato más votado, Felipe Calderón, y el que le siguió, López Obrador, fue escasamente de 234 mil votos, equivalentes al 0.56 por ciento de la votación total. Dato que indica lo reñidos que fueron esos comicios.
Cuando en diciembre del año de la elección, 2006, el entonces IFE publicó en su portal de internet las actas electorales de todas las casillas, poco más de 130 mil, Crespo se dio a la monumental tarea de analizar a detalle 65 mil de esas actas, correspondientes a 150 de los 300 distritos electorales. Encontró, ciertamente, inconsistencias e irregularidades.
Se plantea entonces José Antonio Crespo la pregunta: “A partir de este hallazgo, ¿puede hablarse de fraude electoral?”
Y de inmediato el mismo Crespo se responde: “No en el sentido que suele dársele al término: una maquinaria fraguada desde el gobierno, o desde un partido, que involucra a un ejército de funcionarios electorales o ciudadanos predispuestos a violentar la voluntad ciudadana a favor de un candidato —en este caso, de Calderón—, o una manipulación de las actas orquestada desde las oficinas del IFE, involucrando a vocales ejecutivos, consejeros distritales o estatales para dicha faena. Al menos eso no puede inferirse del frío análisis de las actas electorales” (pág. 99).
En otro pasaje, Crespo escribe lo siguiente: “Las actas electorales no dan la razón a quienes sostienen que López Obrador ganó la elección y que fue víctima de un enorme fraude”. Dice también: “No ha habido pruebas fehacientes del magno fraude electoral del que hablan los obradoristas” (pág. 102).
A manera de resumen, el autor apunta que “el estudio estadístico de tales errores [es decir, de las inconsistencias aritméticas y demás irregularidades] no permite arrojar la conclusión de que se trató de un fraude orquestado a favor de algún candidato, pues las inconsistencias están equitativamente distribuidas entre casillas que ganaron Calderón y López Obrador, respectivamente” (pág. 167). Es un mito, pues, tal fraude en las elecciones de 2006.
En esta materia, como en ninguna otra, no puede, no debe prevalecer la mentira. Ha de imponerse y resplandecer siempre la verdad, que libera. Y la verdad es que en la elección presidencial de 2006 no hubo maquinación fraudulenta alguna. Sencillamente, perdió López Obrador.