Jose Felipe Coria

Cenicienta a la Shakespeare

Si el cuento ya de todos sabido sólo puede narrarse en los términos acostumbrados, que exigen un estilo lineal y poco afecto a las sorpresas, entonces se impone la sutileza de que lo sabido se vea con una pátina de novedad, sobre todo si se trata de un cuento de hadas que supone representar aún, en el cínico mundo contemporáneo, una fantasía moral que subraya los valores tradicionales para preservar el orden y la naturaleza de la bondad y el gusto por los placeres sencillos.
A pesar del amplio manoseo que ha sufrido el relato original de Charles Perrault (1628-1703), que en cine tiene innumerables variantes, sigue manteniendo al día la idea de la felicidad siempre asequible si se tiene un alma bondadosa. Parece pues que se puede contar una vez más, al menos desde una perspectiva ligeramente fresca, la historia de Cenicienta (2015, Kenneth Branagh).

El reto consistía en sacudirse la tutela de Disney, que en 1950 hizo la versión animada recurriendo a tres directores y ahí nada más que ocho guionistas. Branagh precisamente replantea la esencia de un relato en apariencia profundamente arraigado en el terreno infantil. Es así que el propio estudio Disney propone la enésima versión del gustado relato, a medio camino entre su film animado y un estilo de actuación shakespearano.

La historia es la misma: la bella pero discreta Ella (Lily James) queda huérfana a manos de su desalmada madrastra (Cate Blanchett). Tras innumerables abusos con que la degradan -convirtiéndose en Cinder-Ella, o sea en sirvienta con permanente cara tiznada-, descubre que su única felicidad sería asistir al baile del príncipe encantador. Teniendo como únicos amigos a unos animales de granja a los que les habla y quienes parecen entenderla más allá de lo posible, está condenada, sin embargo, a la soledad y tal vez la locura. Pero aparece su hada madrina (Helena Bonham-Carter).

El reino en el que Ella vive es por supuesto artificial y sólo posee un poco de magia, que surge de vez en cuando: el hada madrina resuelve en instantes el conflicto que implica aceptar el destino y rebelarse ante él. Esta aceptación tiene un trasfondo profundamente romántico y de eso se impregna toda la cinta (con la excepción de la música ultra melcochosa de Patrick Doyle). El sonido de los abundantes coros y las orquestaciones cargadas para el efectismo cursi más evidente distancian de un relato que a nivel visual funciona gracias a la solvencia de ese mundo fantástico (inspirada escenografía de Dante Ferreti para lucimiento de la colorida fotografía de Haris Zambarloukos), donde los príncipes parecen casi reales y la chica atrae porque es una belleza natural de sencilla sonrisa y sentimientos transparentes, idénticos a sus zapatillas de cristal Swarovski.

La idea del martirio presente en Perrault, en manos del guionista Chris Weitz, se diluye bastante intentando una densidad emocional para que Branagh, ya convertido en destajista al servicio de proyectos extremadamente comerciales, muestre un manejo interesante de los personajes. Nunca propone profundizar en su psique, pero acierta con su habilidad para hacer que la historia funcione a partir de la actuación. Su conocimiento sobre Shakespeare lo vuelca en el cuento de hadas buscando algo que supere el gusto infantil. Concentrando la moraleja de la historia, Branagh obtiene una aleve dimensión casi humana para una narración de principio a fin artificiosa, por su concepción casi en colores primarios y de uniformes tonos pastel.

La actuación se basa no tanto en el texto recitado muy al estilo del cine hollywoodense 1930/1940 sino en el manejo de una gestualidad que revela pequeños temblores del alma, ya sea la maldad inherente a la madrastra, la alegría falaz de las hermanastras y la espontánea cordialidad de esos encuentros entre Cenicienta y el Príncipe (Richard Madden). Pero sobre todo, la intensidad primordial está en el manejo de esa sonrisa (o la falta de) en el rostro de Ella. Y con ello, y también a pesar de los abundantes efectos especiales, el relato féerico se sostiene por actuaciones a medio camino entre la ligereza de lo que se narra y la simplicidad de la esencia del relato original (al que una vez más se le extirpa su consciencia moral evitando la crueldad de que las hermanastras se corten los pies y reciban ejemplar castigo). El resultado se ve con los términos más amables posibles -como ese vals suntuosamente coreografiado por Rob Ashford que bailan Ella y el Príncipe-, evitando cualquier contradicción con el film animado clásico y, sobre todo, ir por encima de ese estilo de actuación contenida con poco sentimiento pero mucha imagen.

El éxito de Cenicienta no sorprende ante la moda reciente de reciclar las mitologías infantiles sin alterar sus implicaciones morales aunque, eso sí, volviéndolas una especie de rito de paso para una era que fomenta la adolescencia eterna. Cenicienta, pues, deja de ser un cuento para niños y se convierte en uno para adolescentes de todas las edades. Sin emoción profunda pero sí con un profundo sentido del espectáculo.

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