Por primera vez en la historia de Estados Unidos, está buscando registro para candidato a la presidencia de la República un sujeto bajo investigaciones federales criminales. No necesito decirles el nombre. Donald Trump anunció el martes que estará postulándose para la candidatura republicana de 2024. Y lo hace en el peor momento de su carrera política.
Trump perdió el voto popular contra Hillary Clinton por tres millones de votos en 2016, perdió contra Biden por siete millones de votos en 2020, y ahora, por seguir a ciegas a Trump, los republicanos perdieron de manera inesperada las elecciones intermedias de 2022. El desencanto con Trump en su partido es palpable.
En su accidentado paso por la política, y dado su carisma y arrastre personal, los republicanos le han perdonado todo. Desde sus insultos a sus rivales en campaña, pasando por su proclividad a sostener relaciones sexuales impropias, su simpatía hacia grupos radicales de ultraderecha, su desprecio por la ley, sus actitudes racistas, su extraña relación con Vladímir Putin, y, lo más grave, un sistemático intento de destruir instituciones para mantener el poder, llegando hasta la violencia en la toma del Capitolio. Lo único que no le perdonan es perder, y es claro que muchos republicanos que recibieron su apoyo y perdieron, empiezan a entender que continuar siguiéndolo les puede costar la carrera. Y se está viendo.
El discurso en el que lanzó su candidatura desde Mar-a-Lago resultó deslucido y con poca energía. No tuvo la producción de sus mítines del pasado, y no se presentó un solo senador. Su equipo es completamente distinto. No estuvo ni Ivanka, su hija predilecta, que ya declaró, igual que su hijo Jared, que seguirán apoyando a su padre, pero que se retiran de la política. Algunas de las promesas de campaña que hizo rayaron en lo ridículo, aunque eso no es nuevo. Dijo que impondrá pena de muerte a los traficantes de drogas, y que exigirá un sistema de votación distinto, en el que sólo se pueda votar el mismo día, y con boletas de papel contadas a mano. Claro que eso no depende de él.
Vamos, ni siquiera Fox News pasó el discurso completo. Faltan más de 700 días para esa elección.
Trump sabe que no ganará. Estratégicamente es un error lanzar una campaña tan adelantada (de hecho, jamás había sucedido), lo que hace pensar que su objetivo no es en realidad ganar la candidatura, sino empezar a aplicar sus clásicas tácticas dilatorias para evitar responder ante la justicia. Dado que el Departamento de Justicia trata con mucho cuidado cualquier acusación contra candidatos presidenciales, Trump intenta intimidar al fiscal general, Merrick Garland, para que no presente cargos formales contra él. Pero fracasará.
Se acabó el periodo de gracia electoral. Ahora, la Fiscalía regresará con todo vigor a las investigaciones. Esta semana, en el caso de Georgia, donde Trump está siendo investigado por tratar de alterar el resultado de una elección, se presentó a declarar el gobernador del estado, Brian Kemp. Kemp es republicano, pero se negó a cooperar con Trump para intervenir en la elección. La evidencia es irrefutable. Hay una grabación de Donald Trump pidiéndole al secretario de estado que le consiga 11 mil 780 votos para voltear el resultado.
Y luego está, por supuesto, el caso de los documentos robados que Trump se llevó de la Casa Blanca. Todas las apelaciones y argucias legales de Trump han fracasado, incluyendo una petición a la Suprema Corte. No tiene manera de justificar sus actos. En la orden de cateo, el FBI encontró en su casa cientos de documentos clasificados que él no debía tener.
Dicen los analistas que este será el primer caso en el que Trump enfrente cargos formales, y que el fiscal Garland está cerca de tomar la decisión.
El futuro de Trump está en las Cortes, no en la política.