Jorge Berry

Elecciones

Es irónico que, tanto en EU como en México, quienes llegaron al poder aprovechando el marco institucional de sus respectivos países, ahora quieran quebrarlo.

No vendría mal estudiar a fondo el desarrollo de las elecciones intermedias en Estados Unidos desde la óptica mexicana. Hay muchas señales de que los fanáticos radicales de la derecha republicana preparan una operación electoral que acabará destruyendo la confianza en el sistema, logrando imponer así su voluntad autocrática. Ya no es sólo Donald Trump, es también buena parte del partido. La fórmula es la misma que utilizará Morena y el presidente Andrés Manuel López Obrador para mantenerse en el poder.

Tanto los radicales de allá como los de acá son una minoría, y se saben incapaces de ganar una elección limpia. Por ello, allá atacan a los funcionarios de las casillas en los estados, montan operativos con gente armada, vigilando los sitios a los que van los ciudadanos a depositar sus votos adelantados, con claras intenciones de intimidación, y hasta funcionarios electos participan en el ejercicio. ¿Les suena? Acá, en cambio, medio gabinete y más ya anda en campaña, incluido el secretario de la Defensa, que, se supone, no debía inmiscuirse en asuntos políticos. Y ahora, ya con el Ejército en el bolsillo, no falta mucho para que decidan poner a la tropa a cuidar las casillas. Todas son mañas para estimular el abstencionismo y asegurarse del triunfo intimidando el voto.

La elección en Estados Unidos está a 12 días, el 8 de noviembre. Están en juego la Cámara de Representantes en su totalidad, una tercera parte del Senado, varias gubernaturas e infinidad de puestos de elección a nivel estatal y municipal. Casi todas las encuestas muestran una cerrada batalla entre los extremistas que apoyaron la insurrección, y que se postularon ganando sus primarias, y rivales más moderados de la oposición. A estas alturas, los analistas dicen que todo dependerá del volumen de votación. Si el tema del aborto hace aumentar el voto femenino, los demócratas podrán conservar, por lo menos, el Senado. Pero no es ese el único tema, hay una creciente sensación de que el sistema democrático mismo está en serio peligro.

Si los radicales trumpianos consiguen ganar suficientes escaños en las legislaturas estatales, podrán legislar en sus estados para que, en 2024, estén facultados para desconocer el resultado electoral y designar ellos mismos a los electores encargados de emitir boletas presidenciales. En pocas palabras, podrán eliminar la voz del ciudadano y, sin eso, no hay democracia.

El desastre

En México, donde tenemos un sistema electoral federal, que no depende de los estados, es aún más fácil. Si el presidente López Obrador logra debilitar al INE, nos quedamos sin árbitro, a merced de las “consultas populares”, cuyos resultados controla Palacio, y adiós experimento democrático mexicano. Es irónico que, en ambos países, quienes llegaron al poder aprovechando el marco institucional de sus respectivos países, ahora quieran quebrarlo.

Después del desastre Trump de allá, y de la catástrofe obradorista de acá, sería impensable que pudieran ganar una elección limpia en el futuro. Por ello, pues, a la operación sucia, para no dejar que los ciudadanos decidan.

Pero no nos hagamos ilusiones. La democracia corre peligro en ambos países, y en muchos más se está deteriorando a paso veloz. Es difícil ser optimista ante el negro panorama internacional. La guerra en Ucrania se acerca cada vez más a un conflicto nuclear, con las recientes amenazas de Putin. El Reino Unido, sumergido en un caos político y financiero. Italia, regresando al fascismo. El planeta, con condiciones climáticas más adversas y sin la voluntad política de buscar soluciones. En fin, las cosas no van bien. Pero, como decía el maestro Guillermo Ochoa, “la vida va”.

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