Faltan escasas tres semanas para las elecciones intermedias en Estados Unidos. Estará en juego el futuro de la democracia liberal en el país y, de paso, en el mundo. No se puede minimizar el tamaño de las consecuencias que tendrá el proceso.
Todo empezó con el virus que sembró Donald Trump en el sistema político estadounidense. Un hombre sin escrúpulos, sin preparación, experto sólo en el arte de la autopromoción, logró conquistar suficientes votos en 2016, apoyándose en un discurso de odio y enfrentamiento que acabó por dividir a los ciudadanos de su país, abriendo una brecha que no se veía desde la guerra civil de mediados del siglo 19. Sus argumentos, basados en la exclusión, la xenofobia y el racismo, que parecían haberse superado, renacieron con enorme facilidad, teniendo como blanco a la población anglosajona menos educada del país, apelando a los viejos instintos aislacionistas que se volvieron a asomar.
Por más que se quiera negar, la mayoría estadounidense no comparte esta filosofía. Trump ganó la elección de 2016 por una combinación de factores imposibles de predecir, pero el daño quedó hecho. Pasaron cuatro años de pesadilla con este bárbaro al frente del país más poderoso del mundo, y los ciudadanos, no todos, recapacitaron, y eligieron a Joe Biden como presidente en 2020. Pero había terreno fértil y la semilla quedó sembrada.
Donald Trump domina al Partido Republicano. En el último análisis, los republicanos son una minoría en Estados Unidos. Con los cambios étnicos en la población, con el incremento de las minorías tanto afroamericanas como latinas y orientales, se vuelve muy difícil para el partido acceder al poder. Pero Trump les ofreció una esperanza: si no ganan sus elecciones, hay que desconocer los resultados, y obtener el triunfo por otros medios. Exactamente el mismo guion que ha utilizado en México Andrés Manuel López Obrador, y que lo tiene al borde de desmantelar al INE, con objeto de cerciorarse de un triunfo electoral.
En Estados Unidos no hay INE, así que Trump y su banda de forajidos están usando otros métodos. Puesto que Trump pudo ganar una elección democrática, en estas intermedias los republicanos han postulado a una serie de personajes decididos a alterar el sistema electoral. No son los gobernadores, ni los senadores ni los representantes de la Cámara baja, aunque esas elecciones también importan. Son los funcionarios, como los secretarios de Estado y los legisladores estatales, que podrían revertir un resultado electoral, desconociendo la voluntad de los ciudadanos.
Lo trataron de hacer en 2020, y no pudieron, aunque llegaron peligrosamente cerca. La insurrección del 6 de enero de 2021 en el Capitolio es una clara muestra de ello. Pero si las votaciones de noviembre los favorecen, nada les impedirá robarse la elección de 2024, y de manera “legal”.
En el panorama general, las cosas parecen ser un volado. Los republicanos siguen como ligeros favoritos para recuperar la Cámara baja, y los demócratas van apenas arriba para mantener el control del Senado. Después de haber nacido y crecido inmerso en la cultura estadounidense, verdaderamente no me explico lo que está pasando allá.
Sé que el autoritarismo es una tendencia mundial, pero cíclica, y las sólidas instituciones que llevan 240 años de funcionar en Estados Unidos deberían contenerlo, pero no es así. Si ellos, la primera potencia mundial, son vulnerables, pues nosotros en México, aún más.
Allá, los radicales van contra el sistema electoral en cada estado, porque de los estados dependen los conteos y el funcionamiento correcto de las casillas y los votos por correo. Acá, los radicales van contra el INE, para tomar el control del sistema electoral, y asegurarse de que su mentada 4T mantenga el poder.
Todavía tengo esperanzas de que fracasen.