Quienes pensábamos que al perder su intento de reelección en 2020 Donald Trump iba a desaparecer del mapa, nos equivocamos gravemente. A pesar de la victoria del demócrata Joe Biden, ahora presidente de Estados Unidos, la pesadilla Trump sigue gravitando y amenazando seriamente el futuro de la democracia en el país.
Biden ha tenido semanas felices del verano para acá. Pasó legislación para luchar contra el calentamiento global, redujo el precio de los medicamentos, logró detener la inflación que amenazaba, que aunque aún alta, en 8.2 por ciento, por lo menos se ha estabilizado. Sus cifras de desempleo siguen siendo buenas, y el alivio que otorgó a la deuda estudiantil ha resultado positivo.
Todo ello ha permitido que sus números de aprobación se hayan fortalecido, llegando este mes a 45 por ciento, que es el nivel más alto desde que asumió el poder. Es decir, Biden está haciendo su trabajo, y lo está haciendo bien. En contraste, Trump anda en 34 por ciento de aprobación, tan mal como en su peor momento en la Presidencia.
Ya las proyecciones para las elecciones intermedias dentro de menos de 50 días arrojan que los demócratas conservarán la mayoría en el Senado; los republicanos siguen siendo favoritos para ganar la Cámara de Representantes, aunque cada vez con menos margen. Todo esto parece ser buena noticia para quienes quieren mantener vigente un sistema democrático que lleva más de 240 años de funcionar, y que los llevó a convertirse en la potencia mundial número uno.
Pero es innegable que el país está convulsionado y enfrentado. Y quien atiza el fuego y la división se llama Donald Trump. El tipo está desesperado porque sus problemas legales están a punto de alcanzarlo. Pretende ser candidato presidencial en 2024, aun cuando esté bajo proceso criminal. Lo dijo claramente en una entrevista la semana pasada. Para cobijarse, en un mitin en Ohio se declaró a favor de QAnon, una organización de orates que promueve que Trump es el salvador del mundo, y que acabará con una secta de pedófilos y caníbales que ahora dirige la oposición demócrata. El problema es que, aunque parezca increíble, por lo menos 15 por ciento de la población lo cree, y son los violentos y están armados.
La verdad dejó ya de ser el rasero. La verdad está en peligro de extinción, y no sólo en Estados Unidos. En México, contra cualquier evidencia empírica, millones aceptan que el Presidente lucha contra la corrupción, cuando es absolutamente evidente que vivimos el régimen más corrupto del que se tenga memoria. Salta a la vista que estamos al borde de convertirnos en un país sometido a la autocracia, sustentado por el Ejército, pero todas las mañanas nos dicen que el objetivo es la seguridad ciudadana, mientras el crimen organizado opera a su antojo, y humilla, un día sí, y otro también, a las Fuerzas Armadas.
La primera premisa de los autócratas, mexicanos o gabachos, es descalificar a los medios. No soportan que se hable con la verdad. Va en contra de sus intenciones, y de sus ansias de poder. El arma que usan para descalificar al periodismo independiente es el odio. Si me critican, es porque son mis enemigos. No importa lo que digan. No importa si los argumentos están sustentados con hechos. Hay que acabarlos. La verdad no es lo que ven tus ojos. La verdad es la que yo digo que sea. Así es Trump, y así es AMLO. Lo sorprendente es que haya miles, millones de fanáticos dispuestos a la pleitesía, sin cuestionar nada. A eso hemos llegado.
La política, de ser el arte de la negociación, se ha vuelto el enfrentamiento faccioso. No quiero saber ni qué piensas, porque es distinto a lo que pienso yo, y yo tengo razón. ¿Cómo revertir esa espiral?
Ojalá alguien tenga la respuesta.