Jorge Berry

Incertidumbre

Los seguidores fanáticos de Trump, no contentos con asaltar el Capitolio, ahora la han emprendido contra el FBI, el Departamento de Justicia y el Archivo General de la Nación.

Desde que Donald Trump entró al escenario político en Estados Unidos empezó un declive en la vida pública que no se ha podido revertir. Y no se ve por dónde puedan encontrar soluciones.

Los seguidores fanáticos de Trump, no contentos con lo que hicieron el 6 de enero de 2021 en el Capitolio, ahora la han emprendido contra el FBI, el Departamento de Justicia y el Archivo General de la Nación. Están muy enojados por el cateo a la casa de Trump en Mar-a-Lago, Florida, y han empezado una campaña de amenazas en contra de los funcionarios de las tres instituciones, que ha provocado que tengan que incrementar las medidas de seguridad en todas sus instalaciones.

Esto ya no es parte de una campaña política, es un hecho sumamente peligroso. Todo lo que no sea pro-Trump está amenazado. Ha habido renuncias masivas de trabajadores electorales, que ya no están dispuestos a soportar la presión, ni arriesgar no sólo su reputación profesional, sino su vida misma. Lo mismo pasa con trabajadores en el sector salud. El propio doctor Anthony Fauci, quien anunció su retiro, lleva meses de ser cuidado por guardaespaldas. Maestros de escuelas públicas también dejan sus puestos, mientras ven cómo los republicanos radicales de MAGA (Make America Great Again) demuelen los planes de estudios en favor de una educación sesgada en contra de las minorías y el conocimiento científico. Es increíble cómo se repiten los patrones de gobiernos populistas y autoritarios sin importar fronteras.

El clima social sólo puede describirse como miedo. No olvidemos que Estados Unidos tiene más armas que habitantes. Una revuelta social puede ser una tragedia mayúscula.

Para nada ayudan los comentarios de senadores como Lyndsay Graham, un vendido sin remedio a la causa trumpiana, que afirmó en televisión nacional que si Trump era consignado por espionaje y por la posesión indebida de documentos oficiales y clasificados, habría disturbios en las calles. Es algo así como aquella amenaza de que “voy a soltar al tigre”. Es capaz, y los fanáticos que lo siguen pueden recurrir a cualquier método. Mucho me temo que veremos esto en México en 2024, en el proceso electoral.

Así quedan los países cuyos líderes decidieron impulsar la división, el odio y el resentimiento entre sus ciudadanos. Ni en Estados Unidos ni en México parece posible una solución a estos problemas por la vía democrática. Se perdió ya toda capacidad de diálogo.

El presidente Joe Biden ya le entró de lleno a la campaña. Quedan escasos dos meses para las elecciones intermedias en Estados Unidos, y los republicanos parecen decididos a usar todas las herramientas, legales o no, para retomar las cámaras y varias gubernaturas, además de legislaturas estatales. En Pennsylvania, Biden ofreció un discurso crudamente realista. Acusó a los republicanos de MAGA de estar contra la policía. “No se puede llamar patriotas a los insurrectos del 6 enero, y estar a favor de las fuerzas del orden. Policías murieron en ese disturbio”.

Luego, Biden relató una conversación que tuvo en Bruselas, en la cumbre de la OTAN. “Le dije a los demás jefes de Estado que Estados Unidos está de regreso. Macron, el presidente de Francia, me contestó, ‘pues sí, pero ¿cuánto durará su retorno?’ El mundo entero vio lo que pasó el 6 de enero. ¿Ya se nos olvidó que somos Estados Unidos? ¿Que aquí no deben pasar esas cosas?”.

Volviendo al tema jurídico de Trump, su culpabilidad es inobjetable. El fiscal Merrick Garland lo sabe, y sería un error doblarse ante la presión republicana y decidir no presentar cargos. Esa decisión, que podría ser la más grave e importante desde el Watergate, es sólo de él. Veremos si tiene los pantalones.

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