Jorge Berry

Nada es verdad...

El Partido Republicano se ha convertido en secta casi religiosa, y por ello se ha vuelto imposible el intercambio de ideas.

Pasa el tiempo, y es cada vez más evidente que el daño que hizo Donald Trump a la democracia en Estados Unidos será permanente. No se ve posible que la racionalidad regrese al concierto político. Se podrá acabar Donald Trump, pero el trumpismo ya quedó instalado como parte integral del Partido Republicano, y con ello terminaron enfrentando al país.

La ignorancia no tiene nacionalidad. Pensé que no podían triunfar las fuerzas oscurantistas, y me equivoqué. Un discurso superficial, pero atractivo para las masas, ya no es sólo suficiente, sino obligatorio para congraciarse con los ultrarradicales de derecha. El Partido Republicano se ha convertido en secta casi religiosa, y por ello se ha vuelto imposible el intercambio de ideas. El pensamiento moderno, actual, vigente y hasta científico, es algo que ven con recelo, porque no lo pueden enmarcar en su narrativa tramposa.

Personajes como la representante Marjorie Taylor Greene, del estado de Georgia, merecen un estudio psiquiátrico. A pesar de que estudió en la Universidad de Georgia, la mujer sigue defendiendo intensamente la gran mentira del fraude electoral que llevó a Joe Biden al poder, cuando no ha salido ninguna, pero absolutamente ninguna prueba de fraude alguno. La señora Taylor fue de las principales instigadoras de la insurrección del 6 de enero de 2021.

Un grupo de derechos civiles presentó una demanda en contra de Marjorie Taylor Greene exigiendo que sea retirada de la boleta electoral del próximo noviembre, cuando buscará la reelección. El argumento se basa en la 14º enmienda a la Constitución, que prohíbe la facultad de ser electo a un puesto público a quien haya conspirado contra el gobierno legalmente electo. En el juicio, al escuchar la acusación, negó vehementemente haber sido parte de la conspiración. Pero minutos después, los fiscales presentaron la grabación de exactamente eso: la señora pronunciando un discurso diciendo que los asistentes a la manifestación afuera del Capitolio deberían considerar la situación como “un 1776, y comportarse de esa manera”. En 1776, el 4 de julio, para ser exacto, Estados Unidos se declaró independiente de la corona británica, y comenzó su guerra de revolución. Claramente, un llamado a las armas y a la violencia es lo que hizo la señora.

Pero no es la única. Esto de la mentira se les da a los trumpianos tanto como a nuestros militantes morenistas. Otro ejemplo evidente es Kevin McCarthy, el líder de la fracción republicana en la Cámara de Representantes. Apenas la semana pasada, dos reporteros del New York Times reportaron que McCarthy, en los días posteriores al 6 de enero, dijo a su grupo parlamentario que iría a la Casa Blanca a decirle al entonces presidente Donald Trump que renunciara, porque iba a perder el juicio de destitución. De inmediato, salió McCarthy a negarlo, llamando a los reporteros unos calumniadores. Un par de horas después, apareció la grabación de audio confirmando lo publicado por el Times.

Lo grave es que lo hacen porque sus actos no tienen consecuencias. A pesar de demostrarle su mentira, no parece haber mucho futuro en el juicio para sacar a Taylor Greene de la boleta. Y McCarthy, quien pudo haber hecho lo correcto después del 6 de enero, prefirió defender su interés personal, doblarse a Trump y conservar la posibilidad de ser el presidente de la Cámara baja si, como parece, los republicanos recuperan la mayoría.

¿A nadie le importa ya la probidad personal? Aquí en México, pasa lo mismo. Van decenas de miles de mentiras y falsas promesas que hemos escuchado desde que comenzaron las mañaneras. Ya parece hasta una burla a la ciudadanía. Y es que, si lo hace el jefe, pues luz verde a todos, y escuchamos así a Mario Delgado, a Manuel Barlett, al fiscal Gertz Manero y a oficiales chicos y grandes del gobierno con una interminable lista de mentiras desde todas las tribunas.

¿Se acabó el honor? ¿Los nuevos libros de texto justificarán mentir? ¿Qué mundo, qué ejemplo estamos creando para nuestros hijos, para nuestros nietos?

Son preguntas.

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