Se cumplen hoy cuatro semanas de que Rusia inició la invasión a Ucrania, y el Ejército Rojo está a unas 9 millas de distancia de Kyiv, la capital. Es exactamente donde estaba hace una semana. El avance sobre Kyiv está estancado. Las bajas rusas ya rebasan los 10 mil efectivos, y se acercan peligrosamente a perder 10 por ciento de las tropas enviadas.
Mientras más se atora la invasión terrestre, se incrementan los bombardeos, ante la incapacidad de los soldados rusos de mantener control territorial de sus avances. Las consideraciones humanitarias no son siquiera factor en la toma de decisiones de los generales. Es ya inevitable que al final de este conflicto habrá procesos por crímenes de guerra.
Vladimir Putin, presidente de Rusia, lo está pasando mal. Las cosas no han caminado como le habían prometido sus asesores de inteligencia. Ha corrido a varios, detenido a otros. Dos periodistas rusos, que trasmiten desde el extranjero, revelaron que un yate de superlujo anclado en Italia, y cuyo dueño se desconoce, pertenece en realidad a Putin. Obtuvieron una copia de la tripulación del barco, y todos son rusos. Son, además, los guardaespaldas personales asignados por el Kremlin para cuidar la seguridad física de Putin. El yate tiene cuatro pisos, dos helipuertos, y vale la friolera de 700 millones de dólares. Está en grave peligro de confiscación como parte de las sanciones a los oligarcas rusos, en cuanto se compruebe quién es el dueño.
Los periodistas que informaron estos hechos trabajan para un medio que apoya al principal opositor ruso, Alexéi Navalni. Navalni fue envenenado por agentes secretos rusos, se lo llevaron grave a Alemania, donde milagrosamente se recuperó. Al volver a Rusia fue inmediatamente arrestado y condenado a tres años de prisión. El martes ampliaron su sentencia a nueve años, esta vez acusado de fraude. Así funcionan las cortes en Rusia, y por lo que hemos visto estos días no es muy distinto en México.
En anteriores colaboraciones he mencionado la posibilidad de que Putin pierda el control del gobierno. Dmitri Peskov, el vocero del Kremlin, se rehusó a renunciar al uso de armas nucleares en caso de un “peligro existencial” para su país. Estas posturas extremas de Putin, que ya no puede anular, deben tener muy nerviosos a las altas esferas del gobierno. La única manera como Rusia puede salirse del problema es derribando a Putin y culparlo de iniciar una guerra peligrosa, injustificada, indeseada e imposible de ganar.
Mientras eso ocurre, el drama humanitario se intensifica. Mariúpol, ciudad clave para el acceso al mar del cerco ruso, sigue resistiendo heroicamente bajo un bombardeo intenso que no reconoce blancos civiles o militares. Quedan 100 mil personas en Mariúpol resistiendo ataques a hospitales, escuelas y viviendas. Pero no caen.
Hasta ahora han salido de Ucrania tres y medio millones de personas, casi todas mujeres y niños. Los hombres se quedan a resistir. Si finalmente se da la toma de Kyiv, los costos humanos serán enormes. Habrá combate urbano y las estrechas calles de la ciudad impiden la entrada de tanques. Los locales conocen la ciudad; los rusos, no. Los locales están defendiendo su tierra; los rusos traen la moral por los suelos. Moscú difícilmente tolerará el reguero de soldados rusos muertos. Si hasta ahora han sido arrestados más de 15 mil rusos por protestar contra la guerra, la toma de Kyiv doblará esa cifra.
No sé del lado de quién esté el tiempo, pero el mismo tiempo nos lo dirá.
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Comenzaron las audiencias en el Comité Judicial del Senado de Estados Unidos para la confirmación de Ketanji Brown Jackson como la primera jueza afroamericana a la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos. Con algunos sobresaltos, y notables ridículos republicanos, será confirmada.