Es particularmente triste ver lo que está pasando en Estados Unidos. Es el país que vio nacer a mi padre y a mis hijos, aunque no a mí. Desde niño he crecido con la cultura estadounidense, estudiando en el Colegio Americano, platicando con mi abuelo Berry, quien me heredó la pesadilla de mi nombre de pila: Manville George. Mi tío Jorge, hermano de mi padre, quien perdió un brazo en la II Guerra Mundial, y mi padre, quien dejó gran parte de su vida en las cabinas del B-52 que piloteó en la misma guerra.
Uno de mis primeros recuerdos es la consternación ocasionada por la muerte del presidente John Kennedy, en 1963. Siempre admiré la capacidad del pueblo estadounidense de sobreponerse a esa tragedia, y cumplir la promesa del líder caído de llegar a la Luna antes de terminar la década.
El presidente Lyndon Johnson, contra todos los pronósticos, pasó la legislación sobre derechos civiles que acabó, o eso pensábamos, con la intolerable discriminación racial. Luego vinieron los años oscuros de Richard Nixon, en los que se deterioró el Estado de derecho por órdenes presidenciales. Con Clinton, los Bush y Obama, el barco pareció enderezarse, y se restableció el pacto social. Todos sabían que las tensiones raciales estaban apenas debajo de la superficie, pero las cosas parecían avanzar positivamente.
Entonces apareció Donald J. Trump. Todavía no me logro explicar cómo es que ganó la elección presidencial de 2016, pero los errores de Hillary Clinton, más que los aciertos trumpianos, lo llevaron a la Casa Blanca. Ahí comenzó la infección, y no han encontrado el remedio.
Sin el menor recato, Trump se volvió un republicano populista radical, después de haber apoyado al Partido Demócrata toda su vida. A este hombre, las posturas ideológicas le tienen sin cuidado. Su objetivo es el poder absoluto, por cualquier medio. Cambia lealtades como calcetines, y tiene una base dura de creyentes a toda prueba. Literalmente, son capaces de tirarse por una ventana del piso 20 de la torre Trump en Nueva York.
Sus esfuerzos por impedir la transferencia pacífica del poder en Estados Unidos están al descubierto. Nadie puede negar, ante la abrumadora evidencia, que este sujeto intentó un golpe de Estado. Uno pensaría que debería estar en la cárcel, encerrado en una mazmorra, con menos privilegios que Joaquín Chapo Guzmán. Pero no. Sigue recorriendo el país, sigue en campaña, y, en su más reciente discurso, prometió indultos presidenciales a la punta de salvajes que asaltaron el Capitolio para consumar la insurrección.
Fani Willis, fiscal general del condado Fulton, en Georgia, convocó un Gran Jurado para mayo, en el que se decidirá si presentan cargos criminales contra Trump por querer alterar el resultado electoral del estado. El FBI monta un operativo excepcional para protegerla, al igual que a sus colaboradores.
Mientras, en Orlando, Florida, aparecen mantas neonazis en apoyo a Trump, al tiempo que docenas de universidades y escuelas cuyos alumnos son principalmente afroamericanos, reciben amenazas de bomba, con mensajes racistas. Este empoderamiento de la población blanca revela que los sentimientos racistas del país estaban dormidos, pero no muertos. Estos grupos radicales pretenden establecer la narrativa de que quieren ‘recuperar al país’, sin darse cuenta de que ellos no son los dueños.
Lo que ha hecho grande a Estados Unidos como nación es su diversidad, y su aceptación de los que son distintos. Si eso se pierde, se pierde el país, y estaremos ante el imperio más breve de la historia. El peligro para la democracia de Estados Unidos, y por ello, la del mundo, es inminente. Vladimir Putin lo sabe. También sabe que, si decide invadir Ucrania, corre el riesgo de crear un escenario que provoque la unión en Estados Unidos. Y eso es lo último que quisiera el Kremlin.