La nochebuena de 1979 fue la fecha que escogió la Unión Soviética para invadir Afghanistán. El conflicto duró poco más de 9 años, y como los ingleses un par de veces en el siglo XIX, y como los Estados Unidos en 2001 a 2021, el ejército invasor tuvo que retirarse sin una victoria, y seriamente lastimados en su honor nacional.
Cuando la URSS desató la ofensiva, faltaban poco más de 6 meses para el inicio de los XXII juegos olímpicos de la era moderna, con sede en Moscú.
La invasión soviética de otro país resultó inaceptable para el gobierno de los Estados Unidos, que decidió boicotear los juegos, y prohibir la participación de sus atletas. Además, ejercieron influencia en sus aliados, y acabaron retirándose de los juegos 65 países invitados, entre ellos, Argentina y Chile, que vivían dictaduras militares. De América Latina, no asistieron Bolivia, El Salvador, Haití, Honduras, Panamá, Paraguay y Uruguay. No fue Canadá, ni Israel, ni China, ni, por supuesto, la entonces Alemania Occidental. México, junto con Francia, Gran Bretaña, España e Italia, si asistieron, junto con todo el bloque de que entonces conocíamos como la “cortina de hierro”, que eran los países de Europa del este, los Balcanes y los países bálticos.
En lo personal, me costó el viaje a Moscú, puesto que Televisa me había programado para la cobertura en vivo de los Juegos, pero ante la oleada de cancelaciones, la producción sufrió un recorte masivo, y acabó yendo solo Fernando Schwartz.
Cuatro años más tarde, en 1984, la Unión Soviética devolvió el favor. Argumentando preocupación por la seguridad física de sus atletas ocasionada por la “histeria colectiva anti-soviética” en Estados Unidos, la URSS no participó en los juegos de Los Angeles. Ese viaje no me lo perdí, porque vivía y trabajaba para KMEX-TV Canal 34 de Los Angeles, y aunque faltaron la URSS y 13 países más del bloque comunista, los juegos se realizaron, aunque por la falta de la competencia de potencias como la URSS, Alemania Oriental y Yugoslavia, Estados Unidos cosechó más de 80 medallas de oro, aún un récord.
Nunca ha sido buena fórmula el mezclar la política con el deporte. Fuera de la diplomacia del tenis de mesa, que contribuyó al acercamiento de Estados Unidos con China en los años de Richard Nixon, batallo para encontrar ejemplos positivos.
Sobresalen los Juegos Olímpicos. Uno recuerda, inevitablemente, los hechos sangrientos de Munich ‘72, cuando comandos palestinos asesinaron a parte de la delegación israelí a los Juegos. ¿Y qué me dicen de los deportistas que luego se vuelven funcionarios? Tenemos ahora en México dos horrorosos ejemplos en Cuauhtémoc Blanco y Ana Gabriela Guevara, cuya escasa educación no les permite ver más allá de embolsarse parte de sus presupuestos.
Faltan menos de dos meses para la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno con sede en Beijing, capital de China. Desde que Joe Biden asumió la presidencia de Estados Unidos, y aún antes, con Donald Trump, las relaciones sino-americanas estaban tensas. Trump comenzó con una guerra comercial que perjudicó al mundo entero, y que aún no se resuelve. En campaña, Trump vociferó que Biden se dejaría pisotear por los chinos, el presidente no se puede dar el lujo de darle la razón a su rival.
Total, que argumentando violaciones graves a los derechos humanos en China, Biden anunció un boicot “diplomático” de los Juegos. Australia y Nueva Zelandia ya se sumaron. No han llegado al nivel de afectar las competencias, porque la medida no incluye atletas… hasta ahora.
China, por supuesto, se siente agraviada. Dice que responderá, pero no dice cómo. El peligro es que la respuesta profundice diferencias, y acaben afectando atletas y competencias.
Es lo último que necesita hoy el mundo. Queremos un respiro, y un par de semanas de disfrutar a los atletas del frío. No nos quiten ese placer.