Jorge Berry

La visita

La superdelegación estadounidense no vino por casualidad. Lo último que quiere Estados Unidos es problemas en su frontera sur, pero hay varios.

El embajador de Estados Unidos en México, Ken Salazar, es un hombre católico, de 66 años de edad, nacido en Alamosa, Colorado, y con raíces México-americanas. Ocupó la Secretaría del Interior en el gabinete del presidente Barack Obama, y antes de eso fue senador por su estado. En Colorado también ocupó altos cargos, como fiscal general. Abogado, con altísimas credenciales académicas y profesionales, representa a Estados Unidos en México, y no lo hace con un bajo perfil.

Me imagino que sus comunicaciones con la Casa Blanca son muy distintas a las declaraciones y boletines oficiales a los que tenemos acceso en la prensa mexicana. Es claro que la información que la embajada de Estados Unidos en México envía a la Casa Blanca resulta tan preocupante, que el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, decidió enviar a México a tres secretarios de su gabinete a aclarar asuntos.

El viernes pasado estuvo en la Cancillería mexicana Antony Blinken, secretario de Estado de Estados Unidos. Es el puesto más alto en el gabinete, y su cartera se encarga, entre otras muchas cosas, del servicio exterior de su país. Es una especie de Cancillería, pero al contrario del Dr. Simi, mucho más cara; lo acompañó el fiscal general de la República, Merrick Garland, y el secretario de Seguridad Interior, Alex Mayorkas. No vino la vicepresidenta Kamala Harris, lo cual, para algunos, dice mucho de su estatus político actual en la administración, donde no parece prender a las bases demócratas. Su actuación hasta el momento ha sido más bien gris.

Esta superdelegación estadounidense no vino por casualidad. Lo último que quiere Estados Unidos es problemas en su frontera sur, pero hay varios.

En primer lugar, está el tema de la seguridad. Estados Unidos ve con preocupación la actitud pasiva de la administración del presidente López Obrador ante los avances del crimen organizado. Cada vez más territorio nacional cae en manos de los cárteles, y el gobierno insiste en repartir abrazos. Esto provoca enorme facilidad de movimiento en México, y permite la exportación de drogas y químicos adictivos que afectan a la población de Estados Unidos. Eso, y sólo eso, es lo que le importa a ellos. Pero si para reducir la dimensión del problema, hace falta más fuerza para combatir el crimen, eso también ayudará a los mexicanos de bien.

Por ello la insistencia de Estados Unidos de cambiar los parámetros de la relación bilateral en el combate al crimen organizado. Los boletines de la reunión hablaban del fin de la Iniciativa Mérida, y la bautizarán con otro nombre, pero el embajador Ken Salazar, en su visita exploratoria al Senado mexicano, claramente declaró que los recursos seguirán fluyendo a México.

También dio a conocer que Estados Unidos insistirá en que, como parte del nuevo acuerdo, se reanude la operación de agentes de la DEA en México. En eso, Estados Unidos no cederá. ¿Y a qué le tienen miedo? No me salgan con una amenaza a la ‘soberanía nacional’, porque eso es una soberana estupidez. A todos nos conviene desmantelar, o por lo menos debilitar a las organizaciones criminales que arreglan elecciones con amenazas y extorsiones, y que alteran la paz y la seguridad personal de millones de mexicanos.

Hay, por supuesto, otros conflictos. Estados Unidos debe estar preocupado, y muy molesto, con el tema de la nacionalización eléctrica, que afecta a muchos inversionistas, y que atenta contra la Constitución y el TMEC.

Supongo, pues, que a eso fue el embajador Salazar al Senado mexicano. Fue, como decimos aquí, a medirle el agua a los camotes, para saber si tiene posibilidades la funesta iniciativa presidencial en el tema energético. Ojalá no las tenga.

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