Jorge Berry

De virus y talibanes

No se puede dejar de tomar en cuenta una cifra escalofriante: más de 90 por ciento de las nuevas hospitalizaciones, que ya traen niveles de hace un año, es de gente sin vacunar.

El bicho, sin duda, es persistente. Y si lo ayuda la ignorancia humana, es todavía más eficiente. Es desconsolador, y terriblemente decepcionante, ver las odiadas estadísticas incrementarse de nuevo. Otra vez sobrecupo en cuidados intensivos de los hospitales, otra vez la desesperada lucha por encontrar oxígeno disponible, con frecuencia, a precios estratosféricos. En Estados Unidos están igual, pero por lo menos allá ya superaron la negación de las autoridades al confirmar la gravedad del Covid-19, y su gran capacidad de reproducción.

Y es que no se puede dejar de tomar en cuenta una cifra escalofriante: más de 90% de las nuevas hospitalizaciones, que ya traen niveles de hace un año, es de gente sin vacunar. En Estados Unidos, curiosamente, hay millones. Y digo curiosamente, porque allá no tienen problema de escasez de vacunas. Es más, sobran millones. Cualquiera que se presenta en una farmacia puede, incluso, elegir la marca de la vacuna que quiera. Se puede poner Moderna, Pfizer o, si sólo quiere una dosis, Johnson & Johnson, aunque todas las señales apuntan a que eso cambiará pronto.

¿Por qué tanta gente se rehúsa a recibir la vacuna en Estados Unidos? Es difícil de entender. Que si todavía está en fase experimental. Que si son más fuertes que el virus. Que si les están inyectando un chip para controlarles el cerebro (ésta es la favorita de los trumpianos). Que sus creencias religiosas se los impide.

La controversia, por cierto, se va a poner peor. Ante la irrefutable evidencia científica, cada vez son más las empresas del sector privado que están exigiendo comprobante de vacunación a sus trabajadores, bajo pena de despido. Walmart, Microsoft, Google y muchas otras están ya aplicando la medida.

Esta semana se anunció el tiro de gracia para los antivacunas: Pfizer ya recibió la aprobación oficial de la FDA, y pasó de ser medicamento experimental a medicamento certificado. Los demás laboratorios recibirán la misma certificación en cosa de días. Apenas unas horas después de la certificación, el Departamento de Defensa anunció, como política oficial, la obligación de todos los integrantes de las Fuerzas Armadas a recibir vacuna. Y aquí la cosa no es de querer. Es a fuerza.

Las Fuerzas Armadas de Estados Unidos es la fuerza de trabajo más numerosa en el país, contando burócratas, soldados en activo y oficiales, con casi millón y medio de empleados. En el sector privado, es Walmart. Quedarán relativamente pocos individuos que puedan mantener la negativa a vacunarse, sin perder su medio de subsistencia, pero parece increíble, de ciencia ficción, vamos, que la gente tenga que ser obligada a tomar las medidas necesarias para su propia supervivencia. Pero así se las gastan algunos.

Hablando de las Fuerzas Armadas, continúa el épico esfuerzo de Estados Unidos por evacuar a sus ciudadanos y colaboradores afganos de Kabul. Los gigantescos Hércules, los aviones de transporte militar, lograron llegar a 11 mil evacuados en un solo día. Llevan cerca de 60 mil. Pero el problema grave, sobre todo para los afganos que trabajaron con el Ejército de Estados Unidos, es llegar al aeropuerto. Hay que pasar innumerables puntos de revisión donde los talibanes deciden quién pasa, y quién no. Los colaboradores sólo tienen un papel que los acredita, y ninguna garantía de que sea respetado.

Ante los reportes periodísticos de la intensa actividad de fuerza antitalibán de oposición, que siguen peleando en distintas provincias, el Departamento de Defensa dice que están concentrados en la evacuación. La posibilidad de ayudar a los antitalibanes no se ha considerado. Comprensible respuesta, para no entorpecer la evacuación, que deberá, dice la administración Biden, terminar para el 1 de septiembre. Nadie le cree.

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