Jorge Berry

Saigón, Kabul

La ignominiosa salida de Estados Unidos de Afganistán es un fracaso mayúsculo para la administración del presidente Joe Biden.

El 30 de abril de 1975 cayó Saigón, la hasta entonces capital de Vietnam del Sur. Las televisiones en Estados Unidos captaron y trasmitieron las ignominiosas imágenes de su Ejército vencido, por primera vez en la historia. Miles de refugiados tratando de escapar. Miles, que pusieron su fe en el poderío bárbaro del Ejército americano, que finalmente no pudo continuar con una ocupación mal concebida desde el principio. Muchos lograron escapar, principalmente quienes contribuyeron con las fuerzas de ocupación, como los traductores, y demás personal de apoyo. Los más acabaron quedándose a sufrir las venganzas de los vencedores. Poco se habla de ellos, pero pagaron con sangre sus convicciones democráticas, o su error de cálculo. Es igual.

Las consecuencias de esa guerra, y hay que reconocerlo, de la derrota, aún viven en la memoria colectiva de Estados Unidos. Las terribles afectaciones sicológicas que sufrieron los veteranos de esa guerra lograron finalmente que se reconociera como enfermedad el PTSD, esa condición que sufren quienes han vivido un episodio de tensión insoportable (estrés). Le pasa a los supervivientes de los temblores, a quienes sufrieron un secuestro, a quienes presenciaron un crimen, pero, sobre todo, a soldados que tuvieron servicio activo en el frente. El general Patton le llamaba ‘cobardía’. Hoy sabemos que es una enfermedad.

En Estados Unidos es un tema que continúa vigente. Muchos veteranos de las campañas de las guerras en el golfo Pérsico regresaron enfermos, y ahora están lidiando con los que regresan de Afganistán. Ellos la tendrán más difícil.

Comencé con la caída de Saigón porque es imposible no recordarla ahora que cayó Kabul, la capital de Afganistán. Son escenarios macabramente similares. Si en 1975 hubieran existido las redes sociales, hubiéramos visto escenas como las del aeropuerto de Kabul. Gente desesperada, tratando de colgarse hasta de las ruedas de un avión, cualquier avión, para salir del infierno que saben se va a vivir. Lo saben porque lo han visto.

Entre todos esos refugiados se vieron poquísimas mujeres, quienes sufrirán más bajo el régimen talibán. Acá en Occidente no sabemos lo que es eso. La opresión, la degradación de la mujer en la criminalmente errónea interpretación del Corán por los talibanes, reduce a la mujer a poco más que un animal doméstico. Y no es Estados Unidos. Rebasa mi comprensión cómo es que el mundo entero puede tolerar un régimen medieval en pleno siglo 21.

La ignominiosa salida de Estados Unidos de Afganistán es un fracaso mayúsculo para la administración del presidente Joe Biden. Hace menos de 10 días hablaba de que el gobierno afgano y el Ejército entrenado por Estados Unidos resistirían el embate talibán. Pues no. El presidente y sus cercanos salieron huyendo de Kabul, el fin de semana pasado.

Biden criticó duramente a Trump cuando el retiro de las tropas de EU en Irak dejó indefensos y abandonados a sus aliados kurdos. Ahora, Biden hizo exactamente lo mismo con los miles de afganos que ayudaron y creyeron en los soldados estadounidenses, pensando que habría una nueva nación, libre y democrática. Ahora los sacrifican como trapos viejos.

En 1975, cuando cayó Saigón, el presidente era Gerald Ford. En 1976, Ford perdió la reelección contra el demócrata Jimmy Carter, quien era un perfecto desconocido en el mundo político de su tiempo. Claro que Ford otorgó un perdón presidencial a Richard Nixon, el expresidente del Watergate, pero el vergonzoso papel de Estados Unidos en el retiro de Vietnam también influyó fuertemente en los votantes, como señala el maestro Macario Schettino. Y, agrega, Carter cayó cuatro años más tarde ante Ronald Reagan. Carter, no hay que olvidar, estaba en funciones durante la caída del Sah Reza Pahlevi, de Irán, y la crisis de los rehenes estadounidenses en su embajada. Pero insistimos en no aprender de la historia.

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