Jorge Berry

Pegaso

El grupo israelí NSO dice que la prensa exagera, pero ellos ganan mucho dinero dando mantenimiento a sus clientes, entre los que está México.

Hace años, la empresa israelí Grupo NSO desarrolló un ultrasofisticado sistema de espionaje electrónico que llamó Pegaso. Usted lo recordará por el escándalo que hubo en el sexenio de Enrique Peña Nieto alrededor de su compra. Costó muchos millones de dólares y, ostensiblemente, sería usado para combatir al crimen y a los grupos terroristas. De hecho, el contrato de venta que usa NSO especifica que el sistema sólo puede ser adquirido por gobiernos, y sólo para combatir al crimen.

¿Se imaginan al hombre fuerte de Turquía, Tayip Erdogan, o al propio Vladimir Putin en Rusia, preocupados por violar alguna de las condiciones del contrato? Yo tampoco. Con su conocimiento o sin él, el gobierno de Enrique Peña Nieto desacató la norma, y en un reportaje elaborado por Aristegui Noticias, quedó al descubierto el espionaje sobre periodistas, activistas y opositores, entre ellos Carlos Loret –desde entonces– y el actual presidente Andrés Manuel López Obrador, de quien, según Aristegui, espiaban hasta su ritmo cardíaco.

Y es que del famoso Pegaso no está a salvo nadie que use un teléfono inteligente. El sistema envía un mensaje al número que desea intervenir, que ni siquiera aparece en la pantalla del usuario. Con eso, el sistema se cuela a las entrañas del teléfono, obtiene acceso a todos los datos, mensajes, fotos, llamadas, correos y accesos a internet. Puede, incluso, activar la cámara, y grabar las llamadas, encriptadas o no. Tiene, pues, el mismo acceso que el usuario.

Cada que hay que poner al corriente IOS, uno se molesta, pero finalmente, lo hace. El reconocimiento facial, la doble identificación, la contraseña fuerte, con números, letras mayúsculas y minúsculas, signos ortográficos, y lo que se les ocurra. Ante Pegaso, no sirve de nada. De todos modos entran a los teléfonos con absurda facilidad.

Desde esos tiempos, y preocupados por el alcance del espionaje que podía realizar Pegaso, el Washington Post convocó a una serie de organizaciones noticiosas a participar en un proyecto para denunciar mundialmente los abusos que se cometían con Pegaso. Están en el grupo organizaciones como The Guardian de Gran Bretaña, Le Monde de Francia y otras. México está representado –es un decir– por Aristegui Noticias, que por ya haber cambiado de bando, prefiere omitir más investigaciones y denuncias sobre el tema, puesto que quien ahora aplica Pegaso, con toda su capacidad represora, es su antes víctima, Andrés Manuel López Obrador.

Pegaso es de nuevo noticia, porque el grupo que encabeza el Washington Post acaba de descubrir una lista de 50 mil números telefónicos que han sido intervenidos por Pegaso. Si uno compara las cifras con los teléfonos en el planeta, son poquísimos. Pero ese no es el punto. El hecho es que todos somos vulnerables, pero no todos somos blancos.

En particular peligro estamos los periodistas, pues identificar las fuentes sirve para callar las voces disidentes. Pero también están en riesgo los opositores, los activistas, los defensores de los derechos humanos. Bueno, hasta los abogados que, legítimamente, defienden los intereses de sus clientes.

El escenario es de ciencia ficción, pero perfectamente posible. El grupo israelí NSO dice que la prensa exagera, pero ellos ganan mucho dinero dando mantenimiento a sus clientes, entre los que está México.

Se habla de dos vías para combatir Pegaso: la tecnológica, todavía inexistente, y la jurídica, que implicaría sanciones internacionales para quien viole las condiciones de operación, y permitir demandas individuales contra los gobiernos involucrados, y la empresa NSO, si resultaron afectados. No quiero ni pensar cuántos años llevaría ese litigio. No hay solución a la vista.

Una vez abierta la caja de Pandora, no hay para atrás.

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