Jorge Berry

De polarización

La polarización, el encono, el clima de enfrentamiento persisten, estimulados por el propio Trump a través de nuevos mítines políticos.

La profunda crisis nacional que produjo la administración del expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, está lejos de resolverse. La polarización, el encono, el clima de enfrentamiento persisten, estimulados por el propio Trump a través de nuevos mítines políticos, presión sobre figuras del Partido Republicano para que extiendan la narrativa de lo que la prensa designa como ‘la gran mentira’: la ficción de que a Trump le robaron la elección.

A sus seguidores no los convencen las pruebas irrefutables. Ellos creen con base en un fanatismo casi religioso. Y esto afecta profundamente, antes que nada, al corazón de un Partido Republicano que estará luchando por su existencia misma dentro de año y medio, en las elecciones intermedias de 2022.

Un ejemplo dramático y gráfico de lo anterior es lo que padece el senador republicano por Oklahoma, James Lankford.

Lankford, en el Senado desde 2015, fue uno de los grandes apoyos que tuvo Trump durante su administración. Fue uno de esos senadores rabiosamente fanáticos, que defendió las locuras presidenciales con vehemencia y efectividad, desde los exabruptos racistas del presidente, hasta sus dos juicios de destitución. Lankford era considerando de ‘los duros’, los que nunca aceptarían un error de Trump.

Así fue, hasta el 6 de enero de este año. Esta semana se cumplieron seis meses de la insurrección armada, que intentó sin éxito tomar el Capitolio en Washington, para impedir la certificación de Joe Biden como ganador de las elecciones de 2020. De hecho, Lankford estaba hablando en la tribuna del Senado, apoyando la moción de crear una comisión investigadora del proceso, para darle 10 días a los estados para cambiar de opinión sobre los resultados electorales. A medio discurso, se acercó un asistente, y le informó que los insurrectos habían ingresado al recinto, y había que evacuar.

Horas después, cuando se había restablecido el orden, un visiblemente afectado senador Lankford retomó la tribuna, y ante el asombro general, se pronunció a favor de certificar la elección de Biden, y asegurar la transmisión de poder legítima y, sobre todo, pacífica.

Esto provocó la furia de la ultraderecha trumpiana, que sin duda domina, por lo menos, una tercera parte del partido. Y saben, por supuesto, cómo desquitarse.

El senador Lankford enfrenta ahora a un pastor de nombre Jackson Lahmeyer, quien se presenta como candidato en la primaria republicana para el escaño de Lankford. Lo que resulta inverosímil es que John Bennett, presidente del partido en Oklahoma, anunció su apoyo a Lahmeyer. El presidente del partido NUNCA va contra un senador en funciones en busca de la reelección. La simple candidatura de Lahmeyer debilita a Lankford, y pone en riesgo un escaño en el Senado que parecía seguro para los republicanos. ¿El motivo? Según Bennett y Lahmeyer, el viraje de Lankford que lo llevó a validar la elección.

La polarización ya no es sólo entre etnias y razas, entre republicanos y demócratas; también al interior de los partidos: los supremacistas blancos y los trumpianos rabiosos, contra los republicanos moderados. Los progresistas demócratas, contra los centristas de su partido. Son como los morenistas bolivarianos contra los mercenarios ahora en Morena, pero antes en otros partidos.

Son escenarios, aquí y allá, en los que nadie gana. Si los caudillos se salen con la suya, sus países quedarán ingobernables. Si caen sin que existan instituciones capaces de detener el odio y la polarización, tanto peor.

Es hora de recapacitar todos, y encontrar soluciones, si no perfectas, sí por lo menos aceptables para todos.

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