Jorge Berry

The National Electoral Institute

Ya es hora de que Estados Unidos establezca un sistema electoral nacional para las elecciones federales.

La llegada de Donald Trump y su versión de populismo made in USA dejaron consecuencias graves al entramado institucional de Estados Unidos. En algunos casos, el daño es irreparable, y requerirá de cirugía política mayor, por ejemplo, en el sistema electoral.

El principio básico de cualquier democracia está basado en la premisa del voto libre, universal y secreto para escoger a los gobernantes. Desde que se dibujaron los primeros bocetos de la derrota electoral de Trump en 2020, su equipo se dedicó a establecer una narrativa que conocemos muy bien en México: si gano, la elección fue democráticamente impecable; pero si pierdo, entonces hubo fraude o alguna otra irregularidad que me privó del triunfo.

Esa postura trumpiana –y obradorista– culminó en los disturbios del 6 de enero en el Capitolio en Washington, que no sólo costaron cinco vidas, sino que pusieron de rodillas a todo el sistema de la democracia más exitosa de la historia.

Una buena parte de los seguidores de Trump, es decir, el voto duro republicano, ha emprendido una campaña, que abarca con mayor o menor éxito, a 48 de los 50 estados de la unión. La campaña, cuya base de apoyo descansa en las legislaturas estatales, busca modificaciones al sistema electoral de los estados, para asegurar una mayor representación de anglosajones protestantes en los puestos de elección popular, del presidente para abajo.

El esfuerzo es, necesariamente, a nivel local. En Estados Unidos, la elección presidencial consta realmente de 55 elecciones locales, en los 50 estados y cinco territorios habitados (Samoa, Guam, Puerto Rico, las Islas Marianas y las Islas Vírgenes). El estado de Georgia ya tiene en vigor una draconiana nueva ley electoral diseñada para evitar y dificultar el voto, estableciendo requisitos que sólo afectan a las minorías, particularmente a los afroamericanos. En Texas, sólo un boicot de último minuto por los legisladores demócratas impidió que pasaran una ley aún más estricta que la de Georgia, que prohíbe, entre otras cosas, el voto por correo, salvo en contadas excepciones, restringe el voto en ausencia, reduce al número de casillas e impone métodos de registro de votantes que inhiben particularmente a los hispanos.

Esto no sería sino uno más de los berrinches de Donald Trump, si no fuera porque la Suprema Corte está cargada fuertemente a la derecha, lo que incrementa el riesgo de que no encuentre inconstitucionales las nuevas leyes estatales.

Joe Biden, el presidente, conoce la solución. Ya es hora de que Estados Unidos establezca un sistema electoral nacional para las elecciones federales. Ello emparejaría el piso, aunque las legislaturas estatales quieran restringir el voto, pues las leyes locales no pueden contraponerse a las federales.

En otras palabras, Estados Unidos necesita su propio INE.

El Instituto Nacional Electoral (antes IFE, nomenclatura que cayó ante los embates de la 4T) es un ejemplo mundial de eficacia y garantía electoral. Sí, es un sistema caro, pero no tan caro como perder la confianza en los resultados de una elección. En México, el próximo domingo tendremos elecciones intermedias, y nunca como ahora ha habido intentos, desde el poder, para desprestigiar al instituto, estableciendo las bases para cuestionar los resultados. No lo permitamos. Nuestro sistema es la envidia del mundo, y el último bastión de democracia que nos queda.

Como toda iniciativa de Biden, la creación de un sistema electoral nacional en Estados Unidos encontrará oposición republicana. Pero si algún tema merece romper la regla de los 60 votos, o filibuster, es éste.

Garantizar el principio del voto libre para cada ciudadano es esencial para la democracia de Estados Unidos; y también para la nuestra. Nos vemos en las urnas el próximo domingo.

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