Jorge Berry

Los gobernantes

En verdad hay que rascarle fuerte en la historia para encontrar gobernantes verdaderamente interesados en el destino de sus gobernados, y por ello, son venerados.

Es posible que esta reflexión esté influenciada por la terrible tragedia del lunes por la noche en la Ciudad de México. Pero al enterarme de lo ocurrido en la Línea 12 del Metro, me invadieron esas malas consejeras, que se llaman rabia, coraje e impotencia. Y es que el derrumbe se pudo evitar, con sólo un poco de eficiencia de las autoridades.

Las autoridades. Es de no creer la capacidad de nuestra especie, logrando enormes avances en el desarrollo humano, mientras muchas de las herramientas para lograrlo dependen de las autoridades. Porque no es problema de ahora, es de siempre. Imagino el principio de la ineptitud gubernamental desde su más temprano inicio, cuando el Homo sapiens descubrió la agricultura que lo obligó a establecerse geográficamente en grupos cada vez más grandes, y con claros límites territoriales. Para establecer las reglas de convivencia, y cristalizar lo que hoy llamamos ‘pacto social’, surgieron los primeros políticos, y con ellos, los vicios y las tentaciones en las que invariablemente caen.

Desde entonces, los ciudadanos comunes, por necesidad social, dejan en manos extrañas el manejo de sus destinos, y pagan, muchas veces con sangre, los excesos de sus dirigentes.

¿Cuántos esclavos murieron construyendo las pirámides de Egipto, por orden del faraón en turno? ¿Cuántas vidas costaron las extravagancias de Calígula y Nerón? ¿Cuántas víctimas cayeron en la Santa Inquisición, auspiciada por los Reyes Católicos? ¿A cuántos ejecutaron entre Hitler y Stalin en el siglo más sangriento de la historia? ¿A cuántos esclavos sacrificaron los aztecas? ¿Cuántos negros mató el Ku Klux Klan? ¿Sabremos algún día los muertos de China, desde las dinastías hasta Mao y ahora Xi?

Y, a pesar de todo, el espíritu humano sale adelante. Con todo y esos ríos de sangre, todos ellos provocados por las ‘autoridades’ en turno, el ser humano ha creado una civilización cuyos alcances desconocemos. ¿Mencioné la Revolución mexicana, las minas de carbón inglesas, la guillotina en Francia y las salvajes prácticas de apedrear mujeres que aún ocurren en las sociedades musulmanas más atrasadas? ¿No? También llevan el visto bueno de las autoridades, o por lo menos, la complacencia.

En verdad hay que rascarle fuerte en la historia para encontrar gobernantes verdaderamente interesados en el destino de sus gobernados, y por ello, son venerados. Los Gandhi, los Churchill, los De Gaulle, los Roosevelt, no se dan en maceta. Los Castro, los Trump, los Bonaparte, los Mussolini, los Chávez, los Pol-Pot, los Kim, y sí, los López, proliferan. Y, aun así, la humanidad florece.

No sólo es que en el mundo un altísimo número de nuestros gobernantes es inepto y, además, corrupto. Los pueblos también tienen que lidiar con huracanes, temblores, tsunamis, incendios forestales, cuyo control es responsabilidad gubernamental, y que generalmente es muy ineficiente, como se comprobó en la reciente pandemia.

Concluyo, pues, que la clase política del mundo es una pandemia endémica, que rara vez responde a sus obligaciones históricas. Y las oportunidades de hacerlo se reducen a gran velocidad. Esta es la última –literalmente– generación de políticos que puede detener la peor amenaza para la existencia humana, que es el cambio climático. Muchos piensan que exagero, pero hay que entender que miles de millones de especies han vivido y se han extinguido como respuesta al cambio de condiciones del hábitat que estimuló su crecimiento. El hábitat cambia, la especie se extingue, mientras otras logran adaptarse y sobrevivir.

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