En esos días no había internet y los adolescentes debían conformarse con TV Azteca y Televisa. La Nana Fine no era poca cosa.
El personaje de Fran Fine representado por una deslumbrante Fran Drescher de voz horrible funcionaba como postre en esas tardes en las que su maduro atractivo competía acaso con escasos programas musicales que mostraban la frescura de una Alicia Silverstone interpretando a una chica que termina arrojándose de un puente en el video de Crying, de Aerosmith.
Fue el momento cúspide de Drescher, quien antes había aparecido en Saturday Night Fever con John Travolta y más recientemente en películas de poco éxito como Happily Divorced.
Ayer, la intérprete de la Nana Fine salió a la calle a protestar en defensa de los actores. De los estelares y de los pobres.
Se sienten menospreciados por Netflix, Disney y las otras a las que ustedes pagan (digamos que sí pagan) mensualmente por tenerlas en sus pantallas.
Los actores de Hollywood perciben que cada vez reciben menos dinero a cambio de su trabajo. Para exigir un cambio estalló una huelga que se sumó a la de escritores de historias como las que ustedes usan para ‘maratonear’ en pijama los fines de semana. Ellos comenzaron la suya el 2 de mayo.
Fran Descher es la presidenta del sindicato de actores (Screen Actors Guild, SAG) de Estados Unidos y a su lucha se unieron esta semana 160 mil histriones, entre ellos Jane Fonda, Susan Sarandon, Rob Lowe y Mark Ruffalo, quien interpreta al superhéroe Hulk, en Avengers, de Marvel. Si los actores no quieren actuar, no hay películas nuevas. Punto.
Pero el gremio llegó al hartazgo en estos días.
Para reducir costos por honorarios, estudios de cine optaron por ridiculeces. Entre ellas, la de pagar a los actores secundarios por solo un día de trabajo, y repetir sus imágenes o unas parecidas una y otra vez durante una película.
La huelga provocada por el enojo de los actores es un suceso no visto desde los sesenta, cuando las televisoras comenzaron a transmitir películas y los actores demandaron una compensación.
En esos días salió a la luz un actor y luchador social llamado Ronald Reagan, que después se convirtió en presidente de Estados Unidos.
Pero hay que regresar a 2023. ¿Lo irónico del enfrentamiento entre actores y estudios? Pese a la estrategia de reducción de costos, algunas empresas de servicios de streaming están pasando malos días. Vean el caso de Disney, dueña justamente de Marvel y franquicias como la de Avengers.
Desde febrero, sus acciones bajaron de valor 20 por ciento y desde 2021, la baja acumula 44 por ciento. Con todo y Disney+.
El talentoso director de la compañía, Bob Iger, dijo a la CNBC que la huelga va a tener un efecto “muy, muy dañino para toda la industria”. “Éste es el peor momento del mundo para añadir esa disrupción”, añadió el directivo. Y algo similar ocurre en muchos negocios.
Ayer hablé con un inversionista que me planteó la nueva posición de las cadenas de hoteles en México: No quieren construir ya grandes hoteles, pues Airbnb les comió mercado. No son buenos días para empleados del turismo, tampoco.
Lo que ocurre es una revolución digital, disruptores aprovechan la tecnología para optimizar procesos y reducir costos facilitando acceso a compradores, lo que dificulta la competencia de las empresas convencionales.
Ya expuse antes la necesidad de que cada quien se sirva de herramientas nuevas para defender su posición. Para los consumidores, para todos nosotros, lo que puede venir es menos variedad.
En la música la desaparición de disqueras por Spotify y Apple, parece haber reducido el número de opciones de nuevos artistas. No tiene por qué ser distinto el caso del cine.
Vean la cartelera de este verano y traten de encontrar, además de Oppenheimer, una película digna de un Óscar. Por cierto, los actores de Oppenheimer también están en huelga.