Parteaguas

Ayudar apremia

Urge que los empresarios nacionales eleven el nivel de sus aspiraciones. Trabajar con la sociedad podría reivindicar la mala imagen que la gente tiene de ellos.

El miércoles fue Carlos Slim en México quien movió la agenda localmente. Ayer, el estadounidense Elon Musk alcanzó una dimensión global.

El primero convocó a parar la confrontación y buscar oportunidades entre la niebla de la guerra: la puerta abierta para productos mexicanos en Estados Unidos ante conflictos repentinos o buscados y obtenidos.

Ayer, Musk, el candidato al gran inventor de este siglo, posible sustituto de Steve Jobs o de Bill Gates en innovación disruptiva, saltó a otra órbita.

En medio de la tempestad que aflige a los ucranianos les abrió el internet que Starlink provee al mundo con cientos de satélites lanzados por cohetes que van y vienen. Pero este jueves les dio además a los usuarios instrucciones para permanecer conectados y proteger sus vidas en el país invadido. Amén de eso, a la velocidad que provocan las guerras, aceleró la innovación.

A través de Twitter les dijo que cubrieran las antenas receptoras del servicio con trapos, en afán de evitar que sean vistas por los atacantes rusos y unas horas después les indicó que su equipo trabaja en una nueva programación para ver la manera de reducir remotamente el consumo eléctrico de esos aparatos en tierra en afán de ser cargados incluso con el encendedor del coche. La consigna es que puedan seguir comunicándose entre ellos.

Slim sabe también de ayudas en crisis. Uno de los directores de sus empresas me contó alguna vez que durante el terremoto de 1985, el magnate instruyó a su equipo a no elevar el precio del cemento pese al aumento de la demanda del producto y de los costos para fabricarlo, todo como consecuencia de la tragedia.

La instrucción debía avanzar aún y cuando eso representase vender con pérdidas.

El momento del mundo hoy presenta escenarios nuevos para cualquier humano. Nadie que esté vivo ha lidiado antes con la combinación de una pandemia y una guerra en Europa.

Hoy la mayoría de las casas en el mundo enfrenta escenarios de batalla y la ayuda apremia.

Un golpe, el económico, inició hace dos años con la gente que perdió su empleo por un confinamiento obligado.

Luego, con la ausencia de trabajadores en fábricas para producir cosas, la falta de choferes quizá resguardados por el temor a un coronavirus.

Todo se tardó más en llegar o arribó de modo más difícil a las plantas o al estante. Y todo en este caso es casi todo: acero, aluminio, cobre, plásticos, cemento… las materias primas para producir lo que tienen alrededor.

La gente aislada compró herramientas para conectarse. Dell y Apple hasta la fecha siguen festejando el incremento constante en la compra de sus aparatos.

Eso motivó que una pieza a la que nadie ponía atención se convirtiera en santo grial: el semiconductor, el chip, cuya falta impidió terminar vehículos, provocando la caída de ventas incluso en mercados como el estadounidense en donde tienen suficiente para pagarlos. Otra gente perdió su empleo.

Luego siguieron los combustibles en un incremento provocado. Los países árabes, Estados Unidos, Rusia, la OPEP y sus aliados decidieron recortar la producción mundial de petróleo cuando la mayoría de la gente guardó sus coches porque no hubo necesidad de ir a la oficina.

El mundo pasó así de una producción de 100 millones de barriles, a 90 millones de barriles diarios. Eso elevó los precios, le pegó al gas, a la gasolina y con eso a todo lo que se transporta en coche o en camión. La tensión cedió al reducir los recortes, pero ahora los ataques de Rusia aumentan la presión en el mercado.

Desde el último día en el que nadie usaba cubrebocas a la fecha, la inflación aumentó casi 11 por ciento en México, de acuerdo con el Inegi. Pero eso podría esconder detalles importantes. Las tortillas aumentaron 22 por ciento desde 2020 y 27 por ciento el gas con el que se cuecen y con el cual la gente cocina. El horizonte no pinta mejor.

Urge que los empresarios nacionales eleven el nivel de sus aspiraciones, empujar sus organizaciones a trabajar con la sociedad podría reivindicar la mala imagen que la gente tiene de ellos, según Carlos Salazar, el expresidente del CCE. La ayuda apremia y hoy tienen la oportunidad de ayudar con un alto impacto.

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