Parteaguas

La ‘estampita’ de ESR

Los fondos de capital de riesgo exigen ahora a los destinatarios de sus inversiones medidas de impacto ambiental, social y de gobierno corporativo en las compañías.

El pronóstico del clima para este fin de semana en el montañoso Winnipeg, Canadá, es similar al de Cancún, en el Caribe mexicano. La lucha por la sustentabilidad ya pasó. Lo que sigue es la supervivencia.

Durante las dos pasadas décadas, las empresas en México hicieron lo necesario para obtener una certificación como empresas socialmente responsables que muchas identifican con una pequeña etiqueta de ‘ESR’. A decir de los hechos, no fue suficiente.

Dado el modo y ritmo de consumo de las personas, no existe en este momento un modelo que permita retroceder en el calentamiento promedio de 1.2 grados que ya enfrenta el planeta, con todo y sus repercusiones.

La opción es el intento por parar en 1.5 grados el calentamiento, invirtiendo toneladas de dinero en nueva infraestructura, y en el camino, construir lo necesario para la gente que recibe los impactos que ya ocurren.

Claro que eso incluye la nueva generación de electricidad mediante fuentes renovables, pero también instalar nuevas casas, por ejemplo, para la gente desplazada de comunidades destruidas. Y eso ya no sólo para las naciones pobres.

Deben incluir ahora a los afectados la semana pasada en Alemania, Bélgica o en Arizona, Estados Unidos, en donde el condado de Coconino, de 145 mil habitantes, fue declarado zona de emergencia por la irónica frecuencia de inundaciones combinadas con incendios forestales.

Reconstruir no es una opción clara. Es un asunto que rebasa a las aseguradoras. En algunos casos, los terrenos fueron perdidos para siempre.

Soffia Alarcon-Diaz, directora de finanzas sustentables para Latinoamérica en la consultora IHS Markit, advierte la dificultad para encontrar los recursos necesarios para esa resiliencia.

Hasta ayer, el hombre más poderoso del mundo, el presidente Joe Biden, batallaba para obtener del Congreso de su nación una autorización para invertir casi un billón de dólares (one trillion) en infraestructura estratégica que enfilaría a su país, Estados Unidos, hacia el camino de la reducción de emisiones mediante nueva infraestructura.

Nadie está libre de carga. En cuanto a las empresas mexicanas, ¿qué parece haber fallado en la dinámica de ESR? Al parecer, la falta de coordinación.

Lo que una empresa asume como un esfuerzo de sustentabilidad, puede ser distinto de lo que su vecino considera para hacerse del mismo reconocimiento. Cada quien mide lo que puede o quiere medir, sin una dirección planeada que una a todos en el esfuerzo.

IHS Markit registra que mundialmente las empresas usan al menos 24 modos distintos de medir enfoques de sustentabilidad; el más popular es el Performance Data que la consultora define así:

“Se refiere a los informes de sustentabilidad que no siguen ningún formato de reporte”.

Dos motores parecen empujar la necesidad de establecer reglas globales en la materia: el calentamiento global y el impacto al sector financiero por la vía de activos que cada vez se deterioran más. Por ello, tanto gigantes como Blackrock como pequeños fondos de capital de riesgo, exigen ahora a los destinatarios de sus inversiones medidas que hasta ahora se consolidan en las siglas ESG, en inglés, referentes a la necesidad de establecer criterios de impacto ambiental, social y de gobierno corporativo en las compañías.

Pero aún estos se basan en la suma o desorden de marcos de reporte como el Corporate Reporting Dialogue; el GRI; el IFRS; el Edison Electric Institute; el Climate Disclosure Standard Board y otros.

El golpe en la mesa parece venir finalmente del Banco de Pagos Internacionales (BIS, en inglés), encabezado por Agustín Carstens, que estableció el punto de encuentro de los bancos centrales para discutir estándares y castigos en afán de poner orden. Aquí seguiré publicando al respecto.

Director General de Proyectos Especiales y Ediciones Regionales de El Financiero

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