Comúnmente, el populismo tiende a ser caracterizado por el liderazgo de un gobernante que alega ser el receptáculo de los deseos y necesidades del pueblo. El monopolio de los motivos tiende a enfrentarse a “los otros” (discrecionalmente asociados a veces con las élites, los empresarios, los opositores, los intelectuales, la prensa, las fuerzas imperialistas, todos los anteriores o ninguno de los anteriores). En este marco, existe otra característica importante: la excesiva simplificación de los problemas.
La concepción de que los problemas tienen determinantes simples y unidimensionales lleva a una conclusión viciada de origen: las soluciones tienen que ser igual de simples. Es en esto último donde recae un riesgo significativo, sobre todo cuando dichas conclusiones sesgadas de origen se traducen en política pública. Me centro en un par de episodios recientes que han tenido implicaciones relevantes para los mercados financieros.
A veces, pensar en voz alta tiene su lugar y su momento. Así lo ejemplifican las reflexiones del presidente de Colombia, Gustavo Petro, quien a principios de octubre compartía sus pensamientos en redes sociales. En específico, tras darse a conocer un dato de inflación a nivel local, manifestaba que “la intención real de subir los intereses internos, en contra de nuestra propuesta, tiene que ver con evitar la salida de capitales por el ascenso de la tasa de interés de los EEUU” y remató diciendo “se podría evitar con un impuesto transitorio de remesas a capitales golondrinos”. En pocas palabras, se sugería el establecimiento de controles de capital en Colombia.
Como era de esperarse, los mercados financieros reaccionaron presionando a la baja tanto la moneda como los precios de los bonos locales y así inauguraron un episodio de alta volatilidad financiera que se extendió por varias sesiones y que mantuvo ocupado al ministro de Finanzas tratando de hacer control de daños.
Mas allá de subrayar si los mercados tuvieron razón en traducir las declaraciones citadas en la forma en que lo hicieron, basta reconocer en la práctica el complejo análisis de los efectos directos e indirectos de los controles de capitales. Existe abundante literatura, tanto teórica como empírica, cuyas conclusiones sugieren que su trato con ligereza no es recomendable.
En otras latitudes cercanas, hace menos de una semana, el presidente electo de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, ofrecía otra muestra de las consecuencias de simplificar en exceso. Tras semanas de presión constante por conocer sus planes fiscales de corto plazo y la composición de su equipo económico (sin definición desde su triunfo el 30 de noviembre), el 18 de noviembre se manifestó públicamente decepcionado manifestando que “no tiene caso pensar únicamente en la responsabilidad fiscal porque tenemos que empezar a pensar en la responsabilidad social” (refiriendo al hecho de que al centro de las preocupaciones fiscales por parte de los mercados financieros se encuentra su propuesta de eliminar el techo de gasto constitucional, con el fin de poder ampliar el espacio para extender las ayudas monetarias a familias, a lo cual se comprometió en campaña).
Consciente de su posible impacto adverso en mercados financieros, el presidente electo remató con un pues “que mal”, culpando a especuladores.
De nueva cuenta, sin lanzar un juicio de valor sobre la reacción de los mercados, se subraya la ligereza de ciertas declaraciones que terminaron siendo costosas.
¿El problema es anteponer las preferencias de los mercados sobre la agenda de política pública? No pretendo llegar hasta allá en esta contribución. Opto por anteponer un primer ángulo: lo costoso que puede resultar pensar en voz alta públicamente o esbozar política pública en redes sociales sin considerar una evaluación amplia de las consecuencias directas e indirectas. A fin de cuentas, más allá de lo evaluado por los mercados, una moneda más débil y un elevado costo de la deuda terminan también teniendo repercusión en un amplio ámbito local.