Estamos en shock y nos aferramos a tratar de seguir construyendo expectativas sin notar que algo ya cambió. Es imposible no recordar que de camino a la actual guerra en suelo ucraniano hubo semanas de negación y escepticismo respecto a la materialización de un escenario como el que hoy vivimos. La amenaza de invasión por parte de Rusia fue vista a momentos como una herramienta de negociación, el medio para alcanzar otros fines, lo que nos mantuvo en una tónica de ajedrez geopolítico. De pronto, la amenaza a ratos no creíble, a otros contraproducente, se materializó. En la lógica de las etapas del cambio pasamos de la precontemplación a la contemplación del cambio sin notarlo; es decir, del “aquí no pasa nada” al “puede que esté ocurriendo” a una velocidad menor que la que les tomó a las fuerzas rusas cruzar la frontera ucraniana. Hoy, estamos en las fases de preparación; es decir, contemplando el cambio y preguntándonos qué viene hacia delante -aderezado con un amargo sabor a amenaza nuclear. ¿No se suponía que la globalización debería de jugar un papel más definitorio a estas alturas del siglo XXI como elemento disuasorio de conflictos bélicos de alcance global? En esas estamos.
Vale la pena recordar que, a partir de la segunda mitad del siglo pasado, los esfuerzos de integración económica (que tuvieron como punto de partida el desmantelamiento de las políticas comerciales proteccionistas y que en parte llevaron al mundo globalizado que hoy conocemos) tuvieron como una de sus principales motivaciones el evitar que un nuevo episodio bélico global pudiera repetirse. Tras la Segunda Guerra Mundial, el deliberado facilitamiento de las condiciones para que las economías se especializaran, explotando ya sea sus ventajas comparativas o sus economías a escala, facilitó la especialización de las mismas y con ello fortaleció las dependencias globales. Se confió en que dichas dependencias dificultarían la materialización de nuevos conflictos a gran escala.
Hoy sabemos, lo leemos estos días en los titulares, que los aliados de Ucrania reconocen tácitamente las dependencias arriba descritas y configuran sus ofensivas en la forma de sanciones económicas y financieras que buscan presionar a Rusia vía sus ineludibles lazos con el resto del mundo. El daño potencial sobre la economía y los mercados rusos son mayúsculos. No obstante, la gran ironía de la globalidad es que no se puede estrangular al vecino sin mostrar síntomas de asfixia local. Así, justo en este momento, los mercados globales resienten este hecho y lo manifiestan vía mayores cotizaciones de la energía y algunas materias primas (especialmente granos) con claras implicaciones adversas para las inflaciones alrededor del mundo y las perspectivas de crecimiento en países seleccionados.
Hace unos días se cruzó otra frontera además de la ucraniana, la de una ofensiva histórica en materia de sanciones contra Rusia en un mundo lleno de dependencias que actúan en más de dos sentidos. La radicalización de los discursos beligerantes da cuenta de que la globalización no parece ser la ‘bala de plata’ frente a los grandes conflictos bélicos modernos como se quiso pensar alguna vez. Estamos ya cursando la cuarta etapa del cambio: la acción. Confiemos en que las sanciones y la diplomacia sean la salida antes de que la hipoxia descarrile los grandes avances pospandemia.