Entorno Económico

El nuevo encierro

Las nuevas olas de contagio y cepas hacen más urgente la vacunación y podrían también generar al menos una externalidad positiva: la mayor disposición a ser vacunado.

Hace dos semanas hablaba en este espacio de la necesidad de reenfocar la discusión a varios temas de relevancia que, desde mi entender, terminarían por definir en buena medida la segunda mitad del año. En primer lugar, subrayé la necesidad de mantenerse alerta sobre la situación de la pandemia en México a la luz de tres agravantes: 60 por ciento de los estados se ubicaban en semáforo verde (30 por ciento en amarillo), la vigencia de uno de los menores niveles de astringencia (medidas de mitigación de contagio) de la región y una proporción baja de vacunación completa (12 ´por ciento de la población en aquel momento). Hoy, lo que comenzó como el desvanecimiento gradual de una tendencia a la baja en el ritmo de contagios, luce como el comienzo de una nueva ola. Ojalá no termine por materializarse, pero el riesgo da pie a tres reflexiones con enfoque económico en cuanto a su manejo.

Primero. El dilema (o trilema) sigue siendo el mismo: implementar decisiones de política tales que lleven al aplanamiento de la curva de contagio al menor costo económico posible tomando en cuenta los límites de la capacidad hospitalaria (fija en el corto plazo). Tal como hemos aprendido, tal dilema es atajado a base de iteraciones y con la principal complicación de que las dinámicas de la pandemia no son lineales y a menudo generan escenarios disruptivos de la noche a la mañana.

En la misma línea que lo anterior, y en general en el mundo, el aumento de la capacidad hospitalaria, mejores tratamientos y un mayor conocimiento de las medidas de prevención han liberado espacio para que las autoridades sean menos severas en cuanto a las medidas de astringencia (políticas de mitigación). Así, el dilema arriba descrito es el mismo pero sus parámetros posiblemente han cambiado. Con lo anterior trato de decir: las nuevas estrategias de contención de contagio podrían percibirse más laxas y, de hecho, serlo.

Segundo, lo anterior no obsta para subrayar que posiblemente la importancia de los costos económicos también es ponderada de manera distinta. La profunda recesión global que inició el año pasado confrontó a todas las economías con sus propios márgenes de maniobra en el ámbito de políticas contracíclicas y los erosionó.

Hoy, por un lado, la capacidad de articular nuevos estímulos gubernamentales es más limitada que hace un año y, por otro, las unidades económicas (individuos, familias y empresas) se encuentran en una situación más vulnerable. Lo anterior refuerza la conclusión arriba expresada, los nuevos encierros podrían ser menos estrictos y más focalizados en un esfuerzo por minimizar nuevos choques económicos adversos.

Tercero, hay un factor que podría relajar todas las aristas del dilema de política pública ante nuevas olas de contagio: la disposición a ser vacunado y el ritmo de vacunación. El segundo no necesariamente se encuentra en las manos de las autoridades, al menos no en cuanto a todos sus determinantes (por ejemplo, la oferta de vacunas es limitada en el corto y mediano plazos).

En cuando a la disposición a ser vacunado, las nuevas olas de contagio y cepas hacen más urgente la vacunación y podrían también generar al menos una externalidad positiva: la mayor disposición a ser vacunado. Cabe mencionar que en México la proporción de personas elegibles para la vacuna y que además quieren ser vacunadas se encuentra cerca del 80 por ciento (70 por ciento en el caso de Estados Unidos). Sin duda, la ansiada inmunidad de rebaño es uno de los tantos factores que podrían coadyuvar a una recuperación económica sostenida.

Así, esperemos que se conjure el riesgo de una nueva ola de contagio en México, y también reconozcamos que los dilemas de política se encuentran en constante cambio alrededor del mundo.

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