Lo que pasó en Nuevo México no es cualquier cosa. Un jurado decidió que Meta, la empresa dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp, tiene responsabilidad en haber permitido, directa o indirectamente, la explotación sexual de menores dentro de sus plataformas.
El fondo del caso era responder si estas redes, tal como están diseñadas, terminan creando espacios donde los depredadores pueden moverse con demasiada facilidad. Durante el juicio promovido por el Fiscal General del Estado de Nuevo México, Raúl Torrez, se ha hablado de que la empresa sabía de riesgos como el contacto de adultos con menores, el envío de contenido sexual o la “sextorsión”, y que aun así no hizo lo suficiente para frenarlo.
En el juicio participaron testigos e informantes que trabajaron para Meta, además de que se presentó una investigación encubierta realizada por la Fiscalía del Estado de Nuevo México donde se logró arrestar a tres presuntos pedófilos que se habían contactado con perfiles falsos de menores de edad creados para atraer a estos criminales y a partir de los cuáles se obtuvo evidencia de la prácticamente nula seguridad que proveé Meta para los menores de edad.
Esto no es un caso aislado, distintas investigaciones han señalado que miles de menores pueden estar siendo contactados todos los días por adultos con intenciones sexuales en estas plataformas. Y pensar que esto solo ocurre en Estados Unidos sería un error. En México el problema es igual o más grave. Hay reportes que señalan que nuestro país es uno de los principales lugares donde circula y se produce material de abuso sexual infantil en línea. Las redes sociales y las apps de mensajería se han convertido en puertas de entrada.
El patrón se repite. Perfiles falsos, conversaciones que empiezan normales, confianza que se construye rápido y después presión, manipulación o chantaje. El menor no sabe en qué se está metiendo. Simplemente entra a un espacio que parece seguro, pero no lo es.
La tecnología no es neutral. No solo conecta, también amplifica lo que ya existe, para bien y para mal. En el caso de Meta, uno de los puntos más delicados es que se cuestiona si el propio diseño de la plataforma ayuda a que esto pase. Las recomendaciones, los mensajes, las sugerencias de contactos. Todo eso que hace que la gente pase más tiempo conectada, también puede facilitar que personas con malas intenciones encuentren a menores.
Y ahí viene la pregunta incómoda. ¿Hasta dónde es culpa de la empresa y hasta dónde no?
Tampoco podemos caer en lo fácil y echarle toda la culpa a las plataformas. La otra parte del problema está en casa.
En México, millones de niños y adolescentes usan redes sociales sin supervisión real. Tienen celular, crean cuentas, hablan con desconocidos, y muchas veces los papás no tienen idea de cómo funcionan esas plataformas ni de los riesgos que hay. Y aquí es donde no basta con exigir que las empresas hagan mejor su trabajo si en casa no hay control ni protección.
La conclusión es clara. Lo que pase en ese juicio en Nuevo México puede cambiar reglas para las empresas, sí. Pero no va a resolver el problema de fondo. Cuidar a los menores en internet no depende solo de leyes ni de algoritmos, depende de los adultos. Debemos poner límites, estar presentes e involucrarnos en lo que hacen nuestros hijos.
Porque hoy, un celular no es solo una herramienta. Puede ser la puerta a un mundo entero, con todo lo bueno, pero también con todo lo peligroso. Y esa puerta, queramos o no, se abre desde casa.
En otras latitudes digitales…
Desde esta columna mandamos un pésame a toda la comunidad del colegio Northridge School México, en especial a las familias que perdieron a sus hijos en el lamentable accidente en la carretera a Valle de Bravo hace unos días, Dios les ayude a encontrar la paz.