Rezagado
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16/11/2018
Actualización 16/11/2018 - 12:13

Qué se puede escribir sobre el paso que ha dado Fernando cuando ya todo lo escribieron ayer y antier. Periódicos y publicaciones –las buenas y las malas y las otras– se pusieron de acuerdo y dedicaron alguna palabra al gran escritor. Algunos, dibujos y fotos, otros apenas una pequeña mención. La cosa es que ojeando lo publicado, midiendo los caracteres dedicados, poniendo una palabra pegada a la otra, se puede dimensionar la importancia del recién partido.

Me sumo en calidad de rezagado.

Mal podría hablar yo de sus estructuras narrativas, no soy un experto ni en literatura. No podría hablar de la sublimación poética presente en Palinuro de México, ni valorar el rigor histórico mezclado con licencias literarias que hay en Noticias del imperio. No podría sustentar los apelativos con los que refieren a su persona: leí al menos cuatro veces lo de “se fue el Joyce mexicano”, junto a “El dandi de la pluma” llegando a “El rockstar de las letras”.

Quería escribir de la vida de Fernando del Paso, pero como llegué rezagado no me dejaron nada, si hasta vi un recorrido fotográfico por los looks más atrevidos y extravagantes que usó el escritor, todos le quedaban bien, una acertada exteriorización de su colorido interno.

También estuve profundamente decidido a hacer un compilado de todas las críticas abiertas que hizo a nuestros políticos y a nuestro sistema cada vez que estuvo frente a un micrófono. Luego pensé en centrarme en el apoyo abierto que dio a los familiares de los 43, en las palabras que usaba para exponer a nuestro país, palabras que convertían el dolor en reflexión y la reflexión en responsabilidad. Pensaba comenzar con eso de “Las cosas no han cambiado en México sino para empeorar”, y terminar citando el escalofriante “¡Ay, José Emilio! No sé qué más decirte. No sabes qué triste estoy. Acepto el premio que tiene tu nombre, porque sé que se me da de buena fe, no sin antes subrayar que lo más importante en la vida no es recibir galardones –aunque se merezcan– sino denunciar las injusticias que nos rodean”. Eso quería escribir, pero se me adelantaron y, palabras más o menos, lo hicieron antes que yo.

Por ignorante y no por rezagado, no puedo hablar de su teatro ni de su pintura y no puedo hablar de su poesía. O tal vez sí, puedo hablar de su poesía y de cómo ésta me habló a mí un día.

Palinuro de México me llegó a una edad en la que Palinuro me hablaba directamente a mí. Palinuro y su viaje a la muerte, narrado por el propio Palinuro y leído por mí. Palinuro y su rebeldía, y muchas otras cosas que están en el libro pero que yo no entendí, me perdí, o pasé. Porque lo que recuerdo es a Estefanía, la prima hermana/amante y de cómo se leían sus encuentros en el pequeño cuarto de la plaza Santo Domingo. El amor a la prima, un amor imposible y común para muchos (y que confieso, no sentí nunca) pero que en esas hojas vuela a inmortalizarse. Ahí nos sentamos todos a mirar esa provocación, esa invitación a cruzar un límite, a romperlo con amor. Lo volveré a leer y ese será mi homenaje definitivo.

Al menos sirvan mis letras para sumar, porque si ponemos una palabra pegada a la otra, tal y como en el libro, cuando pregunta Palinuro “¿cuánto me quieres?”, podríamos ir de aquí al Parque del Ajusco o más, muchísimo más, de aquí al cielo ida y regreso por el camino más largo que hay.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.