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Estatuas

12/11/2018
Actualización 12/11/2018 - 14:22

Francisco Sosa tuvo la “maravillosa” –ahora explico las comillas– idea de adornar Paseo de la Reforma con estatuas, eran tiempos del Porfiriato, el progreso se respiraba en un mundo en el que la globalización se veía tan lejana como los viajes al espacio. La propuesta de Sosa fue invitar a cada uno de los estados de la Federación a mandar dos estatuas de sus hombres ilustres. El historiador Alejandro Rosas retrata de manera perfecta el espíritu de la convocatoria: “Su largo trazo debía llenarse con la grandeza de aquellos personajes en cuya obra y sacrificio se sustentaba el nuevo México que, hacia 1887, caminaba por la senda del progreso porfirista. La dictadura buscaba legitimarse a través de la obra de los liberales, aunque las libertades políticas estuvieran próximas a desaparecer”. La idea parecía buena, la ejecución fue un desastre –por eso las comillas–. Cada estado mandó sin ningún rigor histórico las dos estatuas que le vino en gana, a veces había próceres, otras veces perfectos desconocidos que pertenecían a la clase alta. Las últimas dos estatuas se pusieron en 1897 y con ello se consumó la “maravillosa” idea que, sinceramente, no molestaba ni importaba a nadie. Hoy son noticia porque tras 111 años de calma, en 2018 se las están robando.

Ayer el reportero Augusto Atempa, del diario Reforma, nos recordó el acecho a las estatuas y las placas de bronce, “el 28 de octubre fue sorprendido un hombre que se había robado la figura del general Ignacio Mejía Fernández de Arteaga, mencionó que pensaba vender la figura por kilo. El 5 de noviembre, otro hombre buscó apoderarse de la estatua del general Manuel Álvarez, al verse descubierto huyó. Durante la mañana del jueves, un hombre fue detenido en la colonia Morelos, en Cuauhtémoc, por tratar de llevarse la figura de bronce del escritor mexicano Manuel Payno”.

¿Qué nos pasa? ¿Qué ha llevado a los mexicanos del siglo XXI a agarrar un cincel, un martillo y un diablito, caminar a Reforma y llevarse una estatua de algún desconocido? Sí, es sencillo señalarlos, culparlos y tratar de cruzar datos de pobreza e impunidad. ¿En cuánto está en el mercado un kilo de bronce? Entre 75 y 90 pesos, una estatua de 400 kilos sí saca de un apuro.

Sin embargo, el señalamiento debe ser al desprecio de las autoridades: las estatuas han sido olvidadas por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), y si ellos no han sido capaces de emitir un comunicado, un modesto boletín señalando la preocupación por el intento de robo, menos les va a preocupar a las autoridades de un gobierno en transición lo que sucede con estatuas que adornan el espacio público, “nosotros ya nos vamos”, seguro pensarán.

En abril pasado, la Coordinación de Patrimonio Histórico, Artístico y Cultural de la CDMX y la Coordinadora Nacional de Conservación del INAH se sentaron para la planeación de un proyecto de rehabilitación integral de las esculturas y elementos históricos y artísticos en Paseo de la Reforma, como parte de la promesa del gobierno de Miguel Ángel Mancera a cambio de la construcción de la Línea 7 del Metrobús. Se sentaron y no pasó nada, se levantaron y se fueron. Sigue pendiente conocer el proyecto de restauración, el gran problema es que si no se apuran no van a tener nada que restaurar.

En aquel entonces un periodista del diario El Universal le preguntó a Gabriela López, de la Secretaría de Cultura local: ¿Estará listo para este año o para antes de que termine la administración? Su respuesta fue vaga: Yo esperaría que sí.

Al final el desprecio de todos ha vuelto vulnerable al pasado, en esta ciudad una estatua tampoco está segura de amanecer la mañana siguiente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.