El cine que no se hace
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El cine que no se hace

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El cine que no se hace

14/12/2018
Actualización 14/12/2018 - 13:57

Son pocas las circunstancias en las que uno está junto a un grupo de desconocidos con la luz apagada, por eso me quedo en las salas hasta el final, para aprovechar hasta el último momento y ver a la gente salir de vuelta al mundo (y a la vida) después del paréntesis. Es que siempre me ha parecido especial el momento en el que acaban las películas, cuando se termina el viaje y uno debe acomodar la pupila y el cuerpo para salir del cine lo más parecido a como entró: estirarse si es que se durmió, secarse los ojos si es que lloró, peinarse si lo despeinaron, etc.

No recuerdo cuándo fue que reparé en la bastedad de los créditos, en esa parte que forma parte, y no, de la película y en la cantidad de personas que hacen posible una producción cinematográfica. Es que los créditos del film más sencillo son comparables con el listado de personajes de La Biblia o con los créditos que tendría una guerra. Eso me sigue sorprendiendo al día de hoy y entiendo que se hable de este arte (el séptimo) como una industria.

De un tiempo a esta parte, me ha tocado compartir más cercanamente, ya sea por amistad o por trabajo, con gente de cine. He entablado conversaciones y entrevistas con directores, actores, fotógrafos, guionistas y productores, y hay algo que siempre queda resonante luego de platicar con ellos: hacer cine es algo espartano.

Aquí en México se hace mucho cine, pero es más el cine que no se hace.

Es duro para todos y para unos más que para otros. Concretar una idea y cerrar un guion es difícil, ni hablar de conseguir el dinero y hacer los presupuestos y las carpetas, eso es de úlceras y depresiones, pero no es lo que más cuesta. Lo realmente difícil es conseguir que la gente vea tu película y que los cines la tengan más de un fin de semana. En la mayoría de los casos, luego de un trabajo de años tu película por fin ve la luz, pero la luz que ve no alumbra ni calienta y cualquier medida que apunte a mitigar eso, es un paso adelante.

Por eso cuesta entender el anuncio de María Novaro, nueva titular del Imcine, de que la plataforma FilminLatino cerrará a partir del 31 de diciembre. Y no sólo a mí me extraña. La mayoría de nuestra gente de cine reconoce que, aunque reducido, el aporte de la plataforma es fundamental para muchos creadores de nuestro país. Las redes se han llenado de testimonios de cómo Filmin es, en algunos casos, la única fuente de difusión para producciones nacionales que, por temática o por el motivo que sea, no tuvieron un paso ni siquiera alternativo por las salas de nuestro país.

Guillermo del Toro es contundente: Para mí es interesante como instrumento que puede funcionar fuera de las capitales. Como ventana que yo hubiera querido en provincia.

Pues esta opinión, al menos en un primer comunicado no era compartida por el Imcine, por mucho que el discurso sea gestionar el cine de forma más amplia, incluyente y mucho más efectiva. Es curioso que el primer gesto de ese espíritu sea el intento de eliminar una plataforma que, de forma efectiva, amplía e incluye.

Afortunadamente, al cierre de esta columna se publicó un posicionamiento conjunto en el que Imcine y la Secretaría de Cultura, de momento, frenan la decisión y someterán a revisión el desempeño de FilminLatino.

Es que no se puede lanzar una noticia así sin mostrar tu juego, las opciones que traes, y mucho menos cuando hay colegas a los que esta herramienta marca una diferencia en sus carreras.

Como dice el pronunciamiento, una institución sólo es fuerte en la medida que sirve a la comunidad a la que se debe y al parecer aquí se hace mucho cine, pero es mucho también el cine que se olvida.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.