Javier Murillo

Con el uso viene el abuso y con el abuso, el ilícito

La respuesta a nuestro dilema de privacidad y discrecionalidad debe estar en un punto medio y no en una sola solución radical que nos acomode a todos.

En lo que respecta a privacidad y discrecionalidad en los medios digitales existen dos grandes corrientes que se encuentran en polos opuestos. Los que dicen que toda nuestra información debería ser privada y que cada uno tendríamos que ser responsables de nuestra discreción, y los que defienden el lado opuesto, que predican y promueven el fin de la privacidad y la discreción.

Sin duda, las redes sociales nos sacaron de nuestra zona de confort. En la era prerredes sociales, la comunicación en internet era dominada por el correo electrónico, que en términos llanos, es equiparable a tener un número de teléfono propio. Con esa herramienta era fácil mantener la privacidad y la discreción, la única diferencia radicaba en que era más complejo compartir una llamada telefónica con alguien, que reenviar un correo electrónico.

Con las redes sociales todo cambió y por varios años estas plataformas nos hicieron pensar que la corriente que ganaría sería la que promueve el fin de la privacidad y la discreción. Pero una fiesta no puede durar para siempre.

La ‘borrachera de las redes sociales’, que nos llevó a compartir en forma indiscriminada y sin reserva una buena parte de lo que nos sucedía en nuestra vida fuera de línea, al mismo tiempo que incentivó a las compañías de redes sociales a permitir que cualquiera, con no muchos conocimientos técnicos, tuviera acceso a toda nuestra información y por lo tanto, a inferir nuestro comportamiento. Borrachera que terminó hace seis años con los escándalos de las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016.

Con el uso viene el abuso y con el abuso, el ilícito. Pues esa fue la consecuencia de los 10 primeros años de redes sociales. La ‘cruda de la borrachera’ o la cruda realidad nos está llevando al otro lado del péndulo, hacia la privacidad y discrecionalidad extrema. Es más fácil que se filtre un mensaje de Facebook, por mucho que se tengan activos todos los filtros de privacidad, a que se haga público un mensaje en WhatsApp o de Telegram.

Como usuarios estamos regresando al nivel de seguridad que sentíamos cuando solo teníamos correo electrónico. Aunque es evidente que en ese extremo tampoco está la solución, como siempre, la respuesta a nuestro dilema de privacidad y discrecionalidad debe estar en un punto medio y no en una sola solución radical que nos acomode a todos.

COLUMNAS ANTERIORES

Un mundo nos vigila
¿Google creó el primer robot con conciencia?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.