El fiscal de hierro

Juventud sin rumbo

Hubo un tiempo en que la juventud mexicana se distinguía por su hambre de superación, por su disposición a empezar desde abajo y por entender que el respeto se gana con hechos, no con discursos.

Algo inaudito está ocurriendo en nuestra sociedad. Hoy, una parte importante de la juventud mexicana ha tomado un rumbo peligroso, no por falta de talento, sino por ausencia de valores elementales.

Indiferencia, egoísmo y una alarmante carencia de empatía se han convertido en rasgos comunes de generaciones que, paradójicamente, se autodefinen como “conscientes” y “emocionales”, pero que huyen de cualquier responsabilidad real.

En días recientes, he escuchado y presenciado historias que no solo me sorprenden, sino que me indignan. Jóvenes apenas universitarios, o que recién dan sus primeros pasos en el mundo laboral, y que ya exigen salarios, beneficios y privilegios propios de quienes han dedicado décadas de esfuerzo, disciplina y sacrificio.

Se comportan como si el simple hecho de existir les otorgara derechos absolutos, olvidando que todo derecho conlleva una obligación.

¿En qué momento se les hizo creer que el éxito es un derecho adquirido y no una consecuencia del trabajo? ¿Quién les vendió la mentira de que basta con extender la mano para recibirlo todo?

Bajo el principio universal del esfuerzo y la autosuperación, nada llega sin costo. La vida no es justa, el trabajo no es sencillo y el progreso no es inmediato.

Pretender lo contrario es un absurdo y una ingenuidad bastante peligrosa.

Hubo un tiempo en que la juventud mexicana se distinguía por su hambre de superación, por su disposición a empezar desde abajo y por entender que el respeto se gana con hechos, no con discursos.

Esa juventud parecía comprender que el error forma carácter y que la frustración es parte natural del crecimiento.

Hoy, en cambio, escuchamos con frecuencia frases como “no es justo”, “se me hizo fácil”, “me están atacando”, como si la dificultad fuera una agresión y no una parte elemental de la vida humana.

Observamos jóvenes soberbios, confrontativos y permanentemente ofendidos. Si los padres intentan poner límites, reciben violencia. Si un profesor evalúa con rigor y crítica constructiva, es tachado de odio o discriminación.

Si un patrón ofrece un salario digno acorde a la experiencia (o inexperiencia) real, se le exige más, bajo amenazas emocionales o chantajes morales.

Y si no desean estudiar ni trabajar, como sucede con los famosos “ninis”, consideran legítimo vivir de una pensión gubernamental financiada por quienes sí cumplen con sus obligaciones.

Ahora, las redes sociales han fungido, también, como una herramienta de distorsión. Han creado una generación convencida de que el éxito debe ser inmediato, visible y, sobre todo, sin esfuerzo.

Son todos estos jóvenes que confunden la excepción a la regla, que creen que el mérito se mide en fama y no en preparación; que desprecian el camino largo, silencioso y de rectitud, porque no representa aplauso inmediato.

Nadie quiere empezar desde abajo; todos exigen llegar a la cima sin subir la montaña. La paciencia, la constancia y la disciplina se han vuelto virtudes completamente obsoletas.

Pero sería hipócrita atribuir toda la culpa a ellos. Esta deformación es, en buena medida, responsabilidad de quienes les antecedimos.

Fallamos con los límites o la falta de estos, al confundir amor con permisividad y derechos con caprichos. Hemos dejado que se nos extorsionara con la idea de que exigir disciplina es “opresión” y que educar es “violentar”.

Hoy pagamos el precio de haber criado generaciones que reclaman todo y aportan poco.

En ese sentido, la consecuencia de esa mentalidad será contundente y fulminante. Una sociedad formada bajo la exigencia sin mérito produce instituciones débiles, profesionales mediocres, servidores públicos y ciudadanos sin capacidad de sostener lo que demandan del Estado.

No se construye un país con base en reclamos y sin sacrificios, se construye con carácter, responsabilidad y sentido del deber.

No existe justicia sin esfuerzo, ni derechos sin deberes. Mientras no logremos recuperar este equilibrio mental, seguiremos formando ciudadanos que exigen solidez social, pero que no están dispuestos a sostener su sociedad.

Un país, como el nuestro, fácilmente puede destruirse por la renuncia al deber, al límite y a la responsabilidad. Cosa que se ha vuelto peligrosamente común.

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