Opinión

¡Hay un niño en la calle!


 
 
María de los Ángeles Mascott Sánchez
 
 
No tengo nombre alguno.
Me llamo ¡Hijo de la Calle!
Yo la llamo ¡Madre!
Tiene senos pétreos,
por sus rugosas venas corren manantiales de concreto,
vinagre cementado, jugos negros desechados… Soy aquel que concibió la noche.
soy el hijo de la calle.
Joseph Berolo (por años, niño de la calle en Colombia).
 
 
Hay experiencias breves, con protagonistas desconocidos, que cambian la vida. Yo recuerdo al menos dos con niños y adolescentes "de la calle".
 
Durante algunos años, para llegar a mi trabajo, manejaba en Circuito Interior: todo un ejército deambulando en busca de unas monedas. Descubrí ahí los agujeros en los puentes; espacios mínimos por los que entraban y salían los "hijos de la calle". Eran tantos, se acercaban tantos, que más de una vez tuve miedo.
 

Una mañana acepté que un adolescente limpiara el parabrisas de mi coche. Le dí una moneda, le agradecí y le sonreí. Desde ese día ¡se convirtió en mi protector del Circuito! Impedía que los "chavos" más agresivos se acercaran. Me preguntaba, todos los días, si me sentía bien. Varias veces se negó a aceptar dinero por limpiar el parabrisas. No sé dónde estará hoy o si se liberó del "activo", pero le recuerdo con agradecimiento.
 
Hoy, trabajando a unas pocas cuadras de Garibaldi, veo un creciente número de "hijos de la calle". Reconozco sus caras, casi siempre cubiertas por la estopa o algodón que colocan en su nariz. Muchos de ellos consumen tolueno, un disolvente derivado del petróleo, que por 3 pesos les quita el hambre, el frío y el dolor. Explorar las calles cerca de Garibaldi es entrar en un agujero negro.
 
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en el mundo hay 150 millones de niños de la calle. Las razones son muchas y multifactoriales: la pobreza, la violencia intrafamiliar, la muerte del padre o la madre, guerras y desastres naturales, entre otras. UNESCO indica también que existen varias categorías, las dos más comunes son: los niños que trabajan en la calle, pero pernoctan en casa y los niños que encuentran cama en el asfalto.
 

María Espinosa, de la Universidad de Granada, encabezó un estudio sobre los niños de la calle en la ciudad de México mediante técnicas de observación, entrevistas a profundidad, fotografía y video. Entre otros temas, analizó las causas de salida, la edad en que abandonan el hogar, formas de vida, trabajos estrategias para sobrevivir en la calle y formas de relacionarse.
 
Según Espinosa es frecuente que los niños que trabajan en la calle acaben viviendo en ella. También que la mayoría de los niños abandonan el hogar entre los 7 y los 16 años, y las niñas entre los 10 y los 14. Respecto de los lugares en que viven, varían si están solos o en bandas: solos o en un grupo reducido buscan la protección de lugares de difícil acceso -como alcantarillas, agujeros subterráneos y huecos en las estaciones del Metro. Los grupos más amplios tienden a vivir debajo de puentes, plazas o parques.
 
El estudio de María Espinosa explora aspectos de la cultura callejera. Sobresalen la creación de una lengua específica y las normas que establecen los grupos de niños de la calle: "la "ley del silencio", la "ley del respeto" y la "ley del robo". La trasgresión tiene una sanción; las dos más comunes son golpear a la persona culpable y/o expulsarla de la banda.
 
Cuando salgas a la calle recuerda que hoy "¡Hay un niño en la calle! Hay que evitar que naufrague su corazón de barco, su increíble aventura de pan y chocolate…" (Mercedes Sosa)
 

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