Gustavo de Hoyos Walther

La Pyme mexicana ante la puerta cerrada de la exportación

El nearshoring abre una oportunidad histórica para México, pero las pymes enfrentan barreras que limitan su participación en las exportaciones, destaca Gustavo de Hoyos.

México presume ser una potencia exportadora, pero la cifra esconde una paradoja: exporta mucho, pero exportan pocos. Un puñado de grandes empresas, casi todas multinacionales, concentra la mayor parte de las ventas al exterior, mientras las micro, pequeñas y medianas empresas, que dan empleo a la mayoría de los mexicanos, siguen mirando las cadenas globales de valor desde la banqueta. La relocalización industrial prometió cambiar esta realidad. Hasta ahora, la promesa se ha quedado a medias.

Los obstáculos son conocidos. El primero es la certificación. Una armadora automotriz o una empresa de dispositivos médicos no compra a quien le ofrece buen precio, sino a quien cumple normas como IATF 16949 o ISO 13485. Obtenerlas cuesta tiempo, consultoría y dinero que una pyme rara vez tiene. El segundo es el financiamiento: la banca comercial presta poco y caro a las empresas pequeñas y los proveedores de las grandes cadenas deben soportar plazos de pago de 90 o 120 días que asfixian su liquidez. El tercero es la escala: el comprador global necesita volumen constante y la pyme produce en lotes irregulares. El cuarto es la informalidad, que la vuelve invisible para los sistemas de compras corporativos. Y el quinto, cada vez más relevante, es el cumplimiento de reglas de origen del T-MEC y de estándares laborales y ambientales que exigen trazabilidad documental que muchas empresas no saben generar.

A ello se suma un problema político. La inseguridad, la incertidumbre jurídica tras la reforma judicial y la falta de energía limpia suficiente empujan a los inversionistas a traer consigo a sus propios proveedores en lugar de desarrollar proveedores locales. Así, la relocalización corre el riesgo de repetir el modelo maquilador: mucha ensambladora, poco contenido nacional.

¿Qué hacer? Primero, programas de desarrollo de proveedores con metas concretas, pactados entre gobiernos estatales, cámaras empresariales y empresas ancla. Las experiencias de Querétaro, Aguascalientes o del clúster automotriz de Puebla muestran que cuando la empresa tractora se compromete a comprar, la Pyme invierte en certificarse. Segundo, un fondo público-privado que subsidie parcialmente las certificaciones y la consultoría técnica, condicionado a resultados. Tercero, factoraje electrónico obligatorio en las cadenas grandes, para que la Pyme cobre de inmediato con la garantía de su cliente. Cuarto, consorcios de exportación que permitan a varias pequeñas empresas sumar volumen y compartir costos logísticos. Quinto, digitalización: plataformas que conecten la demanda de las armadoras con la oferta local y faciliten la trazabilidad exigida por el T-MEC.

Nada de esto requiere inventar el hilo negro. Requiere voluntad de coordinación y un Estado que deje de ver a la Pyme como sujeto de asistencia social y empiece a tratarla como lo que es: la pieza que falta para que la privilegiada situación geopolítica de México se traduzca en desarrollo. Si México no integra a sus pequeñas empresas a las cadenas exportadoras en esta década, habrá desperdiciado la mejor oportunidad geoeconómica de su historia reciente.

Gustavo  de Hoyos Walther

Gustavo de Hoyos Walther

Abogado y Diputado Federal.

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