Los cruceros que quisieron navegar por aguas mexicanas
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Los cruceros que quisieron navegar por aguas mexicanas

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Los cruceros que quisieron navegar por aguas mexicanas

26/04/2019

Habíamos comentado en este espacio que a finales del mes pasado se registraron dos eventos importantes para la industria turística mexicana relacionada con el mar. Uno era el inicio de operaciones del buque México Star, el más grande en su tipo de Latinoamérica, propiedad de la compañía Baja Ferries. Esta nave exclusivamente cubrirá las rutas de La Paz, Baja California Sur, a Topolobampo y Mazatlán, ambas ciudades de Sinaloa. Y señalamos también que la inversión en este proyecto alcanzaba los 600 millones de pesos.

El otro hecho importante era que Iván Chávez, vicepresidente ejecutivo de Grupo Vidanta, acaba de anunciar la creación de una nueva división en su empresa, enfocada a los cruceros: Vidanta Cruises que, de inicio, únicamente recorrerá rutas entre puertos nacionales.

En los últimos veinte años, este será el tercer intento de una empresa por ofrecer viajes en crucero zarpando dentro del país y sin salir de él; desgraciadamente, los dos primeros fueron muy malas experiencias.

Hace veinte años lo hizo una empresa extranjera: la Premier Cruise Line, con itinerarios que arrancaban en Puerto Vallarta, para ir a Manzanillo, Acapulco y Los Cabos. Hasta donde recuerdo, sólo hizo un par de viajes y cerró.

Ese crucero era aspiracional para un mercado de clase media, pero eso no fue el problema. Donde realmente se equivocaron fue en no tropicalizar un producto diseñado netamente para el público de Estados Unidos. Muy pocos miembros de la tripulación medio hablaban español, todo estaba en inglés, los espectáculos eran en inglés y hasta los chistes de los comediantes de los bares se nutrían del, para nosotros, simplón humor anglo. Prácticamente fue debut y despedida.

Habría que pasar poco más de una década para que alguien lo intentara de nuevo. Fueron miembros de la familia Name, quienes en 2011 se lanzaron a invertir cien millones de dólares para constituir la empresa Ocean Star Cruises que, prometían, traería a México “una nueva forma de vacacionar”. Por tanto, a su barco Ocean Star lo anunciaban como el “primer crucero mexicano por el Pacífico”, en el cual se podría viajar “sin visa y sin pasaporte”, en referencia a que en aquella época —al igual que ahora, aunque con algunas excepciones de temporada con la española Pullmantur— para abordar un crucero era necesario viajar al extranjero, principalmente a Estados Unidos.

Sus itinerarios abarcaban zarpar en Acapulco, para seguir a Ixtapa, Manzanillo y Puerto Vallarta. Más hacia el norte llegarían a Los Cabos y en otra ruta hacia el sur alcanzarían Huatulco y Puerto Chiapas.

De acuerdo a los planes de la empresa, proyectaban crear 750 empleos directos y más de tres mil indirectos en las plazas que tocarían, así como una derrama de 500 millones de pesos anuales por gasto de los turistas al bajar de las embarcaciones, más 70 millones en avituallamiento y 50 millones más en pago de impuestos y servicios portuarios.

Un día de abril de ese año, el Ocean Star soltó amarras en Acapulco y navegó por el Pacífico hacia el sur hasta que una mañana atracó en Huatulco, Oaxaca. De casualidad, me encontraba en ese destino y me tocó ver llegar el crucero. La nave fue recibida con gran alegría y mucha esperanza de que sería una nueva fuente de ingresos para los habitantes del lugar, así que se preparó una gran y solemne ceremonia en la que hubo muchos discursos. Hablaron el presidente municipal, el director de la empresa, el secretario de Turismo del estado de Oaxaca, el capitán del barco y el jefe de la zona naval, entre otros.

Después, una comida privada para celebrar. Todo era felicidad y optimismo. Unas horas más tarde, al caer el sol, el Ocean Star levaría anclas de nuevo para navegar durante la noche.

Y así lo hizo. Sólo que, a los pocos minutos de haber iniciado la travesía, comenzó un incendio en la embarcación que, por fortuna, fue controlado sin mayores daños, pero que provocó que los pasajeros fueran llevados en lanchas a la costa.

El crucero fue reparado y semanas después inició un segundo viaje, ahora hacia el norte, pero camino a Los Cabos se descompuso y hasta ahí llegó su historia. En realidad, los Neme habían comprado una carcacha que ya no daba para más y en ese pecado llevaron la penitencia.

Hoy, ocho años después, en el próximo otoño, vendrá un tercer intento, ahora por parte de Vidanta que seguramente romperá con ese maleficio, no porque su éxito se base en la suerte, sino porque a través de los años y de sus múltiples proyectos consolidados, su dueño, Daniel Chávez, ha demostrado tener una acertada visión a la hora de decidir dónde invertir su dinero.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.