Contracorriente

Se necesita mejor crédito bancario

La mejor oportunidad de crecimiento de sus inversiones y rentabilidad es el encadenamiento de actividades entre grandes, medianas y pequeñas empresas; el desarrollo de las Pymes, vinculado al de las grandes, dispersa e integra logros.

La 89 Convención Bancaria se inauguró con un reiterado mensaje de la presidenta Claudia Sheinbaum: México necesita más crédito.

El sistema bancario de nuestro país —dominado por instituciones extranjeras— solo asigna el equivalente al 38% del PIB en créditos a inversiones, vivienda y consumo de particulares.

Otras economías de América Latina tienen un sistema bancario mucho más profundo; en Chile, por ejemplo, el crédito privado supera el tamaño de su economía al tener colocado el equivalente a 110% de su PIB; en Brasil se otorga alrededor del 75% del PIB y Colombia también nos supera con créditos colocados por el equivalente al 40% de su PIB.

En su mensaje, la presidenta Sheinbaum se dirigió a los banqueros con diplomacia: “La banca mexicana, les dijo, tiene mucho todavía que darle al país (…) y por eso la mejor noticia es que van a aumentar el crédito del 38 al 45%”.

Un acuerdo que está por verse si los banqueros están dispuestos a cumplirlo, aunque no todo depende de ellos.

El país no sólo requiere más crédito, sino mejores asignaciones por sector y mejores términos en su otorgamiento.

Además de insuficiente, el ahorro de los mexicanos que administran las instituciones bancarias se canaliza preferentemente en créditos por los que cobran comisiones y tasas de interés más elevadas, como son las tarjetas de crédito, la compra de coches y los préstamos personales.

Antes de la pandemia, había un equilibrio en el crecimiento de los créditos otorgados a empresas para fines productivos y los canalizados al consumo, pero a partir de entonces, estos últimos crecen dos veces más rápido que los que sirven de apoyo a inversiones.

Las inversiones privadas decrecieron en 1.7 por ciento durante 2025, al mismo tiempo que dejaron de ser el principal factor demandante de crédito.

Es un desequilibrio en el que el crédito no está contribuyendo con su crucial función de impulsar la capacidad productiva de la economía nacional.

Esa relación entre demanda y asignación de crédito empresarial es sintomática de rezagos en productividad y competitividad de la planta productiva, rezagos que hacen que sea incierta la rentabilidad de nuevas inversiones con un mercado interno estrecho y un mundo convulso como el que vivimos.

El crédito no puede, ciertamente, asegurar la eficiencia competitiva de nuevas inversiones ni detonar el crecimiento por sí solo, pero su intervención con otros factores es crucial.

Las grandes empresas tienen acceso preferencial al crédito y a otros instrumentos financieros; las grandes corporaciones generan altas tasas de crecimiento y consiguen altos rendimientos, que se quedan concentrados en ellas.

Es lo que explica la enorme corriente de inversiones extranjeras directas que han estado llegando a nuestro país, rompiendo récords cada año; no hay “desconfianza” política que no pueda superar una tasa atractiva de rendimientos.

Para el resto del empresariado, la mejor oportunidad de crecimiento de sus inversiones y rentabilidad es el encadenamiento de actividades entre grandes, medianas y pequeñas empresas; el desarrollo de las Pymes, vinculado al de las grandes, dispersa e integra logros.

El sistema bancario contribuiría a elevar el crecimiento y la eficiencia productiva de la economía mexicana con una mayor penetración crediticia entre Pymes, de las que muy pocas acceden actualmente a financiamiento, y cuando lo logran, después de cubrir requisitos inauditos, deben pagar tasas de interés del orden de 18% a 20%; en Chile, ese tipo de empresas paga anualmente del 6% al 12% de intereses.

Y es que los banqueros asistentes a la recién celebrada Convención consideran de alto riesgo los créditos a pequeñas y medianas empresas y prefieren promover los que se ejercen a través de tarjetas de crédito o personales para compra de autos o lo que necesite el acreditado, a quien le cobran tasas de interés mucho más altas, no solo que las que pagan las empresas, sino las que se pagan en otras naciones en América Latina.

Si estuviéramos en Colombia, por ejemplo, pagaríamos por saldos insolutos de una tarjeta de crédito común un interés anual entre 25% y 35%. Pero en México, los clientes de la misma tarjeta Visa o Mastercard —emitidas por algún banco— hemos de pagar de 35% a 65%.

Esas diferencias encierran ganancias extraordinarias de los bancos en México, derivadas del llamado “spread financiero” o diferencia entre la tasa que utiliza el Banco de México como referencia del costo del dinero en toda la economía —que actualmente es del 7% anual— y la tasa de hasta 65% que cobran por saldos insolutos de tarjetas de crédito.

En Colombia, por cierto, la tasa de referencia del Banco Central es de 9.25%, lo que deja a los bancos un “spread” mucho menor que en México.

He ahí el misterio por el que cada año BBVA informa a sus accionistas que las utilidades de sus operaciones en México son las mayores de las que obtiene en casi treinta países en los que tiene sucursales o filiales; en 2025, BBVA reportó utilidades globales de 10.5 mil millones de euros, de los cuales México aportó 5.26 mil millones, casi el 50% de las utilidades globales de ese banco.

Es muy claro que la banca tiene mucho que darle a México, como también es claro que, por sus costos, es un lastre a los esfuerzos privados y públicos por reactivar el crecimiento económico con bienestar social.

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