Contracorriente

Ideología y política

Claudia Sheinbaum tiene una línea ideológica. No se hace política, ni se ejerce el poder de manera congruente sin compromiso ideológico.

Que una mujer vaya a ocupar la primera magistratura de México tiene beneficios prácticos, no por ser ella una científica con experiencia de gobierno, sino porque las mujeres con liderazgo político se inclinan más que los hombres a considerar y a favorecer lo que interesa a los demás.

Es una regla con muchos «asegunes», pero está visto que las mujeres inteligentes con autoridad protegen mejor los derechos humanos, están más atentas al desarrollo ambientalmente amable y en general no se inclinan por las políticas excluyentes del patriarcado, las cuales han generado polarización social y regional en muchos países.

Forbes, por ejemplo, analizó el manejo de la pandemia y encontró que fue mucho mejor -con menos víctimas fatales- en los 12 países gobernados en ese entonces por mujeres.

Pero además, Claudia Sheinbaum tiene una línea ideológica. No se hace política, ni ejerce el poder de manera congruente sin compromiso ideológico.

La ideología simplifica, sin desvirtuar, la dirección del proyecto político que orienta las decisiones, las estrategias, los programas y las acciones del poder público.

Hay países que desde que se conformaron, lo hicieron con amplio consenso ideológico al integrar su proyecto político; es el caso de Estados Unidos, constituido para favorecer el interés de los propietarios emprendedores; desde el siglo XVIII se mantiene la idea de que el bienestar social depende del progreso de los emprendedores. Trump explota esa idea y el enojo de quienes no la sienten cumplida en ellos.

México no ha conocido consenso semejante en toda su historia; se ha querido imitar la ideología de EU, pero lo han impedido los privilegios elitistas que causan la exclusión de las mayorías y las desigualdades consecuentes.

Mientras el crecimiento económico generaba empleos, mejoraba los salarios y permitía la movilidad social, se tenía la impresión de que el desarrollo en México era compartido; hace más de 40 años que el bajo crecimiento deja sin empleo a la mayor parte de los jóvenes que alcanzan la edad laboral, al mismo tiempo que los salarios perdieron la mayor parte de su poder adquisitivo y se perdieron las expectativas de mejoría que ofrecía la movilidad basada en escolaridad e ingresos.

A pesar de ello, los gobiernos del neoliberalismo, desde el salinato hasta el sexenio pasado, se dedicaron a favorecer las inversiones productivas privadas y a empobrecer los servicios públicos necesarios para el bienestar social, sobre el engañoso supuesto de que la bonanza del capital privado elevaría el bienestar general de la población.

La ideología de Xóchitl Gálvez va en esa línea y por eso perdió, pero eso ya no importa.

Lo relevante ahora es ampliar el consenso en torno al proyecto político que representa Sheinbaum, el cual persigue la prosperidad compartida.

La línea ideológica del proyecto es “Por el bien de todos, primero los pobres”, con varias traducciones prácticas. Una es que la democracia con adjetivos humanistas necesita un Estado fuerte -Gobierno, Congreso y Judicatura- para realizar acciones deliberadas -que ni los particulares ni el mercado desarrollarían- dedicadas a atemperar desigualdades y pobreza social y regional.

Otra es que los recursos del poder público más importantes -la Constitución que contiene las leyes que nos afectan a todos y el manejo del gasto público- fortalezcan las posibilidades de realización del proyecto, para lo que necesitan del consenso más amplio posible para afrontar las presiones de quienes se oponen.

A final de cuentas, la armónica congruencia entre el crecimiento de las inversiones productivas, nearshoring incluido, del empleo, de los salarios y en general, del bienestar social, es condición necesaria para recuperar la paz y seguridad que, como sociedad, hemos perdido.

De trascender la polarización económica, social, regional ideológica y política para sumarnos a un mismo esfuerza colectivo, somos responsables todos. Todos participamos en política y compartimos una ideología. Como dice con ingenio Irene Vallejo, “Cada vez más gente en la cansada Europa —y en los Estados Unidos, al parecer siempre jóvenes—, se declara ‘antipolítica’. También podríamos proclamarnos antioxígeno, pero seguiríamos respirándolo”.

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