La Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Conasami) anunciará pronto los aumentos al salario mínimo 2024; el gobierno y sindicatos obreros van por un alza cercana a 20 por ciento, como fue la de 2023, mientras que la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex) considera que un 12.8 por ciento sería suficiente.
Ni el 20 por ciento sería suficiente. En los bajos salarios promedio del país concurren algunos de los mayores problemas que alejan a México de la eficiencia económica general, de la equidad en el ámbito laboral y del estímulo a las inversiones de un mercado interno solvente, por no hablar de injusticia y de tensiones sociales.
Henry Ford bien que entendió la lógica capitalista de emprendedores, y pagaba bien a sus trabajadores para que tuvieran con qué comprar sus coches. Así como se da esa relación, digamos virtuosa, entre salarios y compradores, es inocultable la estrecha relación entre bajos salarios y pobreza; el hecho es que un 38 por ciento de los trabajadores y empleados de la iniciativa privada no gana en México lo suficiente para superar su pobreza, proporción que sube a 60 por ciento de la fuerza laboral del país, al incluir al sector informal (R. Gómez Hermosillo).
¿Qué puede sentir más de la mitad de los mexicanos de que con su empleo, no pueden salir de pobres? ¿Puede un país considerarse económicamente próspero y democrático cuando el Coneval consignó recientemente que al 38 por ciento de la población que percibe un salario, es decir, que tienen un empleo, no le alcanza para cubrir el costo de una canasta alimentaria?
¿A qué atribuir que en dieciséis países de América Latina, cada uno menos rico que el nuestro, en 2018 se pagarán salarios con mayor poder adquisitivo que aquí y que ahora, en 2023, ya nada más sean siete los que nos superan en ese rubro?
Esa cuestión remite a consideraciones de influencia, de poder y de orientación política de gobiernos que explican que si en 1989 los salarios representaron el 35.23 por ciento del Producto Interno Bruto del país, una participación históricamente alta para México, en 2012 esa proporción se había encogido al 27.44 por ciento del PIB nacional. En cualquier país europeo, la participación salarial en el PIB está por arriba del 60 por ciento, pero allá compiten con tecnología y aquí el gobierno había decidido, desde 1983, apoyar a las empresas con mano de obra barata, para que entraran a competir en los mercados mundiales.
La masa salarial se mantuvo fija desde entonces en alrededor de 27 por ciento -con la consecuente caída de su poder adquisitivo por el alza de precios- que el gobierno de Zedillo decidió detener, aunque no reponer; cada año hasta 2018, los aumentos salariales se establecieron como compensación, a toro pasado, de la inflación.
La recuperación real de los salarios es una de las líneas de política que puede presumir el gobierno de López Obrador; el salario mínimo pasó de 88.36 pesos en todo el país en 2018 a 207.44 en la mayor parte del territorio nacional y 312.41 pesos en la frontera norte este 2023. Por ejemplo, el aumento nominal de 20 por ciento de este año repercutió en un alza de 4 por ciento en poder adquisitivo de los minisalarios, según el Banco de México.
El aumento de los salarios mínimos ha estado asociado a otras acciones en el ámbito laboral, como la reducción de los sindicatos de protección empresarial y de la práctica del outsourcing. En el fondo, se ha venido configurando un nuevo acuerdo laboral entre empresas y trabajadores, y liberando al sindicalismo obrero de representaciones espurias mediante elecciones un tanto más democráticas que fortalezcan su capacidad de negociación.
Por cierto, poco se argumenta ya que los aumentos salariales encienden la inflación, y es que ya se vio que no es así; estudios del Banco de México comprueban que los habidos desde 2019 (16 por ciento ese año, 20 por ciento en 2020, 15 por ciento en 2021, 22 por ciento en 2022 y 20 por ciento para 2023) no han tenido un impacto significativo en la inflación, “particularmente la subyacente” ni en el empleo. Como siempre, los precios han subido antes que los salarios; éstos no son causa de inflación, y su alza responde al aumento de los precios.
Falta mucho para que el poder adquisitivo de los salarios corresponda a un reparto más equitativo de la riqueza que producen entre empresarios grandes, medianos y pequeños y sus trabajadores, y que en los países ‘ricos’ les corresponde a los salarios la mayor parte ¡Por eso invierten en tecnología, son más competitivos y son ricos!