“Que llueve cuando no toca, que está la seca cuando no toca”, dice el subcomandante insurgente Moisés, campesino maya activo en el EZLN hablando del cambio climático en Chiapas, en México, en el mundo; dice “que está cambiando el tiempo”. ‘El clima’, como dicen los ciudadanos. Y así. Saben que las siembras ya no se pueden decidir como nuestros anteriores, porque el calendario viene chueco, cambiado pues”.
De las causas de los cambios que se perciben en el campo, los científicos del Servicio de Cambio Climático de Copérnico dicen que las temperaturas globales han aumentado este año a un récord. Septiembre fue el septiembre más caluroso que se ha registrado, y lo mismo dicen los expertos de agosto con respecto a los agostos precedentes, y de julio, cuando se tuvo la temperatura global promedio más alta jamás registrada, de 1.75°C por arriba del período preindustrial de 1850-1900 en todo un año.
“Pero no sólo, continúa Moisés, hay lluvias, como de por sí, pero ahora son más fieras, y en lugares y temporadas que no son las de antes. Hay sequías muy terribles. Y ahora pasa que, en una misma geografía – por ejemplo aquí en México-, en un lado hay inundaciones y en otro hay sequía y se quedan sin agua”.
Este calor récord es el resultado de los altos niveles continuos de emisiones de dióxido de carbono combinados con el fenómeno climático natural más grande del planeta, que es El Niño, corriente que eleva la temperatura en el océano Pacífico. De ahí la furia de Otis sobre Acapulco y Coyuca de Benítez.
Este 2023 quedará como el año más caluroso en dos siglos, con temperaturas de alrededor de 1.4°C por encima de las temperaturas medias preindustriales. Recordemos que la meta de la ONU asumida en 1995 era la de no rebasar el 1.5 °C.
En el mundo de Moisés se sufren las consecuencias: “Hay fuertes vientos que es como si el viento se pusiera bravo y dijera su ‘ya basta’ y quiere tumbar todo”. Y dice que “también vemos que los comportamientos de los animales cambiaron, aparecen en zonas que no es su costumbre y en temporadas que no les toca. Aquí y en las geografías de pueblos hermanos, aumentan los que llaman ‘desastres naturales’, pero que son consecuencia de lo que hace y deja de hacer el sistema dominante, o sea, el capitalismo”.
El capitalismo está muy lejos de hacer lo que se debería estar haciendo para hacer frente al cambio climático y no deja de hacer lo que nos encamina a que la temperatura aumente al doble de los 1.4 grados que ya registra.
En su último informe sobre la economía global, la UNCTAD reconoce implícitamente que son los gobiernos y las empresas -no las familias o los vecinos ciudadanos- los que deben actuar. Lo que hagamos cada uno por dejar de consumir plásticos o clasificar la basura para facilitar el trabajo de las empresas de reciclaje tiene muy bajo impacto.
Lo que tendría crucial importancia serían acciones como dar un impulso decidido a la energía renovable, eliminar el uso de todos los combustibles fósiles cuyas emisiones no sean capturadas, reducir el metano y otros gases de efecto invernadero, y evitar la deforestación.
Pero resulta que en vez de invertir en tecnología de energía limpia cinco veces más de los 803 mil millones de dólares que se han destinado a esos desarrollos, se siguen dando subsidios para el carbón, el petróleo y el gas natural en todo el mundo en montos que, según el FMI, en 2022 equivalían al 7.1 por ciento del PIB mundial, más de lo que todos los gobiernos gastaron en educación, y dos tercios de lo que se empleó en atención médica.
Para Moisés, el cambio climático y el capitalismo son “como si la madre tierra dijera que hasta aquí nomás, que ya no. Como si la humanidad fuera una enfermedad, un virus que hay que sacar afuera, vomitando, destrucción”.