Contracorriente

Política desconcertante

México vive tiempos políticos peligrosos, de disputa entre el proyecto de nación que promueve López Obrador y una oposición concentrada en denostar lo que éste hace.

La política ha dejado de ser un arte en gran parte del mundo occidental para convertirse en una actividad que en vez de convocar y concertar, desconcierta y polariza. Por todo el mundo vemos a fuerzas organizadas enfrentándose ferozmente, lo mismo en países de Europa que en Estados Unidos, o que en Perú y Argentina.

Las condiciones del antagonismo las creó el neoliberalismo y ahora se reducen al derecho que cada contendiente cree tener para concentrar poder y recursos. Concebida la disputa como una apropiación de bienes públicos, no hay alternativa: se trata de derrotar al grupo adversario, de convertirlo en enemigo, de identificar al personaje que lo represente a quien se hará objeto de formas perversas de competencia, sin visos de acuerdo.

Gran parte de los medios de comunicación masiva contribuyen al desconcierto; suelen hacer eco a las diatribas personalizadas en vez de contribuir al análisis de proyectos y programas, y las redes sociales, tecnológicamente capaces de segregar a los usuarios por sus preferencias de todo tipo, incluyendo las ideológicas y políticas, también son capaces de suministrarle a cada segmento información diseñada para afianzar sus prejuicios.

En vez de diálogo público vemos exposiciones de confrontación simplificadas en extremo, dirigidas en contra de personas y no de proyectos y programas, lo que obligaría a elevar el nivel del diálogo público.

México está viviendo tiempos políticos peligrosos, de disputa entre el proyecto de nación que promueve el gobierno y una oposición que está concentrada en denostar cualquier acción del personaje llamado López Obrador, creyendo que todo es obra de él.

La 4T ha impuesto dos cambios mayores que dan lugar a una oposición férrea: una política orientada a lograr equilibrios más justos en la generación y distribución de la riqueza, y lo va logrando por dos vías: la recuperación de los salarios (entre finales de 2020 y mayo de este 2023, el salario mínimo aumentó un 43.6 por ciento en términos reales, según la OCDE) y la ampliación de programas sociales que atemperen las desigualdades sociales; la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares correspondiente a 2022, publicada la semana pasada, consigna que el ingreso del 10 por ciento más pobre ha aumentado 29 por ciento, lo que permite considerar que hoy, México es un poco, sólo un poco menos desigual que al inicio de este gobierno.

El segundo cambio dramático que irrita a la oposición, es la renovación de la clase política en el poder Ejecutivo y en el Legislativo, un cambio de personas, grupos e intereses que es indispensable para intentar revertir la desconfianza de la sociedad, o gran parte de ella, en las instituciones y autoridades, causada por la corrupción y connivencia delincuencial de los gobiernos del PRI, de los dos del PAN y el de Peña Nieto.

La legitimidad de cualquier autoridad depende de que su poder sea percibido como una consecuencia necesaria de problemas reconocidos por la sociedad, de que la gente crea en las soluciones en juego y de que haya avances concretos perceptibles; la aceptación o popularidad de López Obrador indica que millones de mexicanos, para quienes el gobierno era cosa ajena, cosa de los políticos, ahora ven al presidente como alguien que dice lo que ellos sienten.

A esos cambios, y ante la perspectiva de continuidad de la 4T, la derecha está radicalizando su reacción; López Dóriga et al responsabilizan al presidente de cualquier cosa que le pueda pasar a la senadora Xochitl Gálvez o a él, por las descalificaciones presidenciales a sus respectivas personas; ¿puede López Dóriga -que diario y obsesivamente descalifica a López Obrador ante una audiencia sin duda millonaria-, asumir la responsabilidad de un atentado que sufriera el presidente, o cualquiera de los aspirantes a sucederlo?

También se empieza a difundir que la guía de los maestros de primaria para trabajar con los libros de texto, es de una clara orientación “comunista”. De lo mismo se acusó la reforma educativa que hizo el presidente Lázaro Cárdenas en 1934.

Falta un año para el cambio de poderes y el trayecto tiene grandes peligros.

COLUMNAS ANTERIORES

Tropa de EU en países de AL
El pasado como presencia

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.