Contracorriente

Qué vamos a comer

La única explicación del alza de los precios es la anticipación de las empresas trasnacionales de que habrá escasez de esos productos en el futuro cercano.

La pandemia disminuyó los ingresos de todas las familias, casi sin excepción, y a millones las lanzó a la pobreza en México y en el mundo. Para rematar, tenemos ahora una inflación galopante, particularmente de alimentos, sin que por el momento los movimientos de oferta y demanda justifiquen esas alzas tremendas.

Si hubiera una escasez de cereales se entendería que los precios aumentaran, pero resulta que en mayo la FAO aseguró que las existencias mundiales de cereales se mantienen estables y el Banco Mundial confirmó que las reservas de esos granos están cerca de superar marcas históricas.

Así las cosas, la única explicación del alza de los precios es la anticipación de las empresas trasnacionales -Monsanto, Cargill, Archer Daniels, Midland y Dupont- que comercializan mundialmente cereales, oleaginosas y leguminosas, de que habrá escasez de esos productos en el futuro cercano. Y tienen razón, es casi seguro que hacia finales de este año y principios del próximo falten las cosechas de Ucrania en el comercio internacional, las cuales representan 10 por ciento en trigo, 13 por ciento en cebada, más de 50 por ciento del aceite girasol y 15 por ciento del maíz.

Están, además, las condiciones climáticas extremas, como las que se han presentado en México y otras partes del mundo en forma de sequías prolongadas o inundaciones, que muy pronto afectarán, en serio, los volúmenes de cosechas. Si el calentamiento rebasa 1.5 grados Celsius será una catástrofe y los escenarios más optimistas contemplan que se tocará esa frontera en menos de una década.

Estados Unidos -que nuestros gobiernos asumieron como nuestra despensa de maíz y otros básicos- junto con México y Centroamérica estamos en la misma región climática y los estudios del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, de la ONU, apuntan que esta región sufrirá agravado lo que ya observamos como sequía prolongada en una decena de estados mexicanos.

Cuando se presente una escasez real en cualquier producto, serán unas cuantas corporaciones trasnacionales las que determinen a quién le venden y a qué precios.

México no debería tener otra prioridad que preparase para asegurar la disponibilidad de alientos para la gente. La buena noticia es que en nuestro territorio se subutiliza la tierra porque, según el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP), se deja ociosa más de 30 por ciento de los 31 millones de hectáreas cultivables; además, lo que se siembra se hace con mal uso e insuficiencia de recursos y también porque en vez de cultivos anuales, se podría sembrar y cosechar más de una vez al año en buena parte de esas tierras.

Tendría el gobierno que hacerle caso a los ingenieros agrónomos y al INIFAP que saben que el campo mexicano tiene los recursos de tierra de labor, clima, agua y tecnología para ser autosuficientes en los 16 granos básicos que demanda la alimentación de los mexicanos. Para aprovechar esas posibilidades, técnicamente viables, tendría que diseñarse una estrategia sistémica de la cadena alimentaria -desde el acceso a insumos hasta la mesa del consumidor- para ofrecer incentivos adecuados para cada cultivo y región.

El campo responde rápidamente a los incentivos, como lo hizo en 1981, año de mayor impacto del Sistema Alimentario Mexicano (SAM), cuando se alcanzó el valor máximo de cosechas de cereales y respondió también, aunque en menor escala, con el Procampo en el periodo 1993-1998. Segalmex -creación de este sexenio para elevar rendimientos entre el campesinado más pobre, mediante el incentivo de precios de garantía, por encima de los del mercado- no ha obtenido respuesta productiva alguna porque está mal diseñado, como vimos en este espacio la semana pasada. En cuarenta años, no ha habido más estímulos que esos a los cultivos básicos y fueron de corta duración.

Ante la emergencia climática es de importancia crucial poner en movimiento todo el potencial del país para producir sus alimentos, y evitar que el hambre lleve a una descomposición social y política de dimensiones inmensas, como ya está ocurriendo en una cuarentena de países.

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