Contracorriente

Historia viva

Los pueblos más libres son los que conocen mejor su historia, no sólo los acontecimientos o personajes extraordinarios sino las causas profundas que mueven los cambios en la vida colectiva.

En este septiembre de la patria, ¿a quién festejar, a Hidalgo y Morelos, o a Iturbide? La historia se convierte en una actualidad polémica siempre que se le da un uso político, cosa harto frecuente; es la función de la historia oficial que, se supone, desempeña un papel central en la creación de identidad nacional y de la cohesión que unifica a la sociedad en el amor a la patria. Además de la historia oficial, tenemos en México versiones liberales, conservadoras y las de los investigadores.

En México hoy estamos viendo cómo el presidente López Obrador está tratando de cambiar la fuente de exaltación de nuestro nacionalismo defensivo, el cual se alimentó del antinorteamericanismo durante décadas, pero la globalización y la apuesta a la plena integración económica con EU desde hace 40 años, ya no lo permite; se trata de avivar el nacionalismo (que el neoliberalismo omitió) con otro agente externo que cumpla la función de cohesión por aborrecimiento, y España fue la elegida por este gobierno.

No le veo muchas posibilidades de éxito al antihispanismo hoy en México, pero ahí está reiterada la versión presidencial de que los españoles nos invadieron hace más de 500 años; lo que hay que entender es que con ese planteamiento lo que se busca es generar emociones, no la reflexión colectiva, que sería la mejor manera de conmemorar los 500 años de la conquista y los 200 de la independencia.

Los pueblos más libres son los que conocen mejor su historia, no sólo los acontecimientos o personajes extraordinarios sino las causas profundas que mueven los cambios en la vida colectiva.

Pero decíamos que además de la oficial, también hay versiones conservadoras o progresistas de nuestro pasado, con múltiples variantes cada una que, igual que la oficial, lo que buscan es dirigir la forma de interpretar lo ocurrido y, sobre todo, dejar en claro qué, cómo y a quien festejar. Hoy por hoy tenemos a quienes exaltan los méritos de Hidalgo y Morelos, y otros los de Iturbide.

Miguel Hidalgo, por ejemplo, ¿merece ser considerado el Padre de la Patria, cuando sólo estuvo cuatro meses en acción?, preguntan los conservadores de hoy, que además le achacan haber movilizado una turba incontrolada que causó muerte y, aunque la insurgencia sólo se mantuvo activa poco tiempo entre Querétaro, Guadalajara, Guanajuato y las cercanías de la ciudad de México, se le atribuye “una caída de su ingreso per cápita de los 40 dólares que tenía en 1800 a 27 en 1825” (La independencia que no fue, Nexos, septiembre 2002).

La de Morelos sería una visión “torpe, cerrada, católica, obtusa y atrabiliaria en sus retrógrados Sentimientos de la Nación”, escribió Luis González de Alba hace 12 años en la revista Nexos.

Héctor Aguilar Camín, director de Nexos, se pregunta “¿Por qué celebramos como padres de la independencia a los curas insurgentes derrotados, Hidalgo y Morelos, y no al militar criollo que la hizo realidad en 1821? (Milenio diario 16-09-2021)

¿Qué hay detrás de eso? Hidalgo o Morelos, como Zapata y Villa son incómodos con sus utopías de igualdad y justicia; el conservadurismo sueña con ‘rescatar’ a Iturbide, cuyo mérito fue reunir a las élites criollas para pactar el Plan de Iguala, compuestas por el ejército realista que combatió a los insurgentes, por el alto clero que defendía sus fueros y por una oligarquía de comerciantes y hacendados.

El Plan de Iguala fue un cuartelazo de los mandos militares contrainsurgentes para impedir que se cumpliera el mandato de la Constitución de Cádiz, principalmente contra la Iglesia, y para que la oligarquía económica eliminara restricciones al avance de sus negocios. Iturbide, el ejercito virreinal, la iglesia y los terratenientes y mercaderes poderosos, no querían ninguna transformación esencial del régimen colonial, sino impedir las innovaciones del liberalismo gaditano que afectaban sus fueros, prerrogativas y privilegios.

La resistencia al cambio de los pactistas del Plan de Iguala dio lugar a una perjudicial división entre las élites políticas y económicas entre liberales y conservadores, sin que ninguna facción lograra resolver los grandes problemas nacionales -parálisis económica, desigualdades sociales e incapacidad institucional del gobierno- y se abriera el cauce a la dictadura porfiriana.

El tema de entonces sigue vivo en México hoy.

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